HAY UNA MENTIRA QUE ME HA CONVENCIDO PARA SIEMPRE Y ES QUE ESCRIBIR SIRVE DE ALGO

Ardidos

No lloraremos los agujeros. A esa hora, seremos agujeros de ginebra rompiendo los cristales a bocajarro contra el suelo de los suelos. Pero nada dolerá. La mariposa de fuego vino para quedarse. Tal vez se me rompa tu rostro en mis senos. El mezcal todo loco pida limosna en el temblor del charco esquizoide y yo le dé la carne y el hueso. Y sonará la música. La madre muerte vino a darnos sólo su amor.

No te hagas el lío. No somos nada parecido a lo parecido. Somos de hachís, esa espuma de la ola negra, besando en los ataúdes el retorno de los amasacrados, como aves de la guerra que trajeron el vuelo más allá de su vida.

Si entre mis piernas, a veces te aprieto, como me aprieto el gatillo, es porque escuché de Alfonsina un enjambre que no pudo derretirme el hielo que mi mano vacía acunaba en la tormenta. Porque de mi aullido, revolcones de raposa, me amamantaban como una madre el desvencijamiento del hogar. Y en ti, la luna enlunaba mi maldición como una cascada que tiraba mis límites. 

Si te excluiré del último poema, será también el verso maldito que tu sexo perpetró en mi corazón.

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