HAY UNA MENTIRA QUE ME HA CONVENCIDO PARA SIEMPRE Y ES QUE ESCRIBIR SIRVE DE ALGO

Ardidos

Recordé ahora a un hombre que amé cuando era adolescente. Me dijo una vez, entre Rimbaud y Sabina, tienes jodida la vida. Yo de aquella, tomaba drogas. Y también tenía una pasión sacramental y violenta con la metafísica. Por la noche me convertía es un caballo enloquecido, medio suicida, por el día, escribía en los cuadernos el agujero negro de mi alma, la mística, el extremo del verbo cuando la carne era su ausencia.  Él y yo, nos amamos a través de la muerte. Peleábamos hasta hacernos sangrar. Nos decíamos ese tipo de cosas que nadie quiere oir. El amor se sostenía en la guerra. 
Fui infiel a otro por él. Él estaba en mi primera metamorfosis. Él durante algún tiempo fue un tormento del desierto de la sangre. De la pasión arruinada en el filo de una cuchilla de pólen. Lo amaba y lo odiaba, tan intenso, que alguna vez, bebí todos los sepultos en su nombre. Le llamaba Tilo. A veces cuando hablábamos, yo vomitaba. Mi entraña era acuchillada por una encrucijada rizomática entre el amor y la muerte. En aquél entonces, la angustia, cierta música heavy, ciertos procesos de la mariposa, me hacían vomitar.  Con él aprendí el humor negro de los muertos-vivientes. La música salvando del naufragio. La pasión noctámbula de los que caminan solos. Él era violento, oscuro, sensual, poeta y corsario, era de esos tipos que no recordaba el nombre ni el rostro de las mujeres a las que había prometido amor. 

Siento que esas cosas de mi pasado, que tuve a bien olvidar. Tienen mucho qué ver con la manera en la que toco el amor. Con la señal secreta del Gran Espíritu. No ya tanto, la historia que tuvimos. Sino su fondo evanescente, su esencia de nadie. El mapa de éter que recorrí.

Antes de él, estaba Ernesto, él me llevaba a la luz, a la esperanza, a la libertad de los mandriles. Ernesto era poeta. Ernesto me hablaba del amor.

Hubo alguna encrucijada en aquél entonces, creo que tenía 17 años. Hubo una explosión umbilical de Artaud. Los caminos se conviertieron en raposas violentas. Las bifurcaciones se pegaron en la nitroglicerina. Yo empecé a meterme en la crisálida psicótica del éter. Entre lo hippie y lo asesino. Entre el lobo y el ave desmemoriada. Entre dios y la ausencia. Mi lucha existencial en aquél entonces llegó a tierra desconocida, donde nada encajaba, nada permanecía. Ni una certeza era lo suficientemente amante para protegerme. Yo escribía con hambre la búsqueda de un centro, de un lugar en el que morar que huía de mí. Yo me metí en la isla de la locura como una nube de tormenta.

Creo que algo de todo aquello y de la atmósfera de esas circunstancias de lava y hueco. Siguió toda la vida, en mi mano dentro de la mar. Sin contar la hechura concreta. Sino la esencia abstracta. Todo lo que amo hoy, lo amaba entonces. Las antagonias de allá, también perviven ahora. Los extremos siguen acariciándome las bestias de mi rincón. La única diferencia es que tengo más instrumentos. No busco allí atrás hechos ni explicaciones. Pero sé que el corro de la bruja estaba allí y también está ahora. Estaba en lo sangrado, en lo amado, pero no cómo entonces yo imaginaba. Estaba como la mariposa de la muerte y de lo último. Por eso mi intención no es hacer una regresión y darme justificaciones de mi porqué, mi cuchillo, mi llanto y mi sueño. Mi intención es hallar el mapa cubista abierto en el vientre de las estrellas. Es hallar la sombra abstracta, el poema de todo aquello comprimido en el soplido de una bruja. Es conocer la estructura del universo, a través de lo que mi víscera tocó y sangró, pero no en base a mi historia. Sino en base a mi evanescencia.

1 comentario:

  1. Leo en VOCES DEL EXTREMO:

    “todos los seres circulan unos en otros (…). Todo es un flujo perpetuo (…). Más o menos, todo animal es un ser humano, en parte; todo mineral es, de alguna forma, una planta, y todo vegetal tiene algo que ver con el reino animal (…). No hay más que un individuo, que es el Todo. Nacer, vivir y morir es cambiar de forma”. Jean d’Ormesson

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