HAY UNA MENTIRA QUE ME HA CONVENCIDO PARA SIEMPRE Y ES QUE ESCRIBIR SIRVE DE ALGO

Ardidos

En primavera o verano emprenderé un viaje. Hay algo del pueblo que me hace el exilio, que me arranca la humanidad, que me pronuncia en los bodegones y las esquinas de sal. Que alejana el estímulo del amor. Que me acurruca donde las bestias duermen la península del cuarzo. Es algo que me hace extrema de una exclamación de plomo y que sin querer me arranca la conciencia de otros mundos y necesidades y flujos de mi espíritu. Aquí está mi guarida. Pero a veces se convierte también en mi presidio. Algo se amolda al viaje de todo lo que huye. 
Me doy cuenta que he experimentado hasta el extremo la interiorización de la vida, el camino tragado ojos hacia dentro. He hecho un cuento con lo que me rodeaba y lo he triturado en una metáfora sanguínea centrípeta a la víscera y derribo del teatro. He expulsado el exterior en un máscara de polvo que fadaba en mi mesita el clamor de las ciudades destruidas y los versos que nunca se llegaban a escribir.

Fue en verano cuando me di cuenta de esto. De la urgencia de integrar primero el yo que hacía de puente y vehículo con lo exterior, el yo social, quise integrarlo en el deseo de mi espíritu, en mi corazón. Al principio lo hice a través de una lucha, lo hice desde un canto antisocial. Le di a ese yo, el respaldo y la pólvora de los otros, a través de su posición de guerra respecto a lo nagual. Esa integración de la primera metamorfosis de Junio y Julio, estaba vinculada todavía a la interiorización, al soliloquio radical, y mi instinto hallaba su horizonte, en la grieta de los sueños, medulizado en el otro mundo, caminaba hacia el éter.

La aparición de Yoseba provocó un giro radical ya que se despertó en mi yo-exterior un cúmulo de pasiones y deseos que mi introspección no aceptaba como suyas, porque yo estaba muy ebria del sueño del Infinito y de su Soledad. Por eso mi mente me explicó todo con un raro cuento delirante. Porque yo estaba en un movimiento radical hacia dentro y el afuera estaba posicionado en mi Ensueño. Por eso sufrí un rayo de éter, lo exterior, lo humano, empezó a ser sólo un sueño. Mi cuento se radicalizó y no había nada que fuera imposible, lo extraordinario cobró un sentido total. Yo vivía desde el otro lado del espejo. Mi sueño me soñaba despierta y dormida. El yo de mi sueño era el que caminaba por fuera y por dentro. Y la realidad se hizo la continuidad mágica de lo Imposible.

Ahora estoy en un lugar muy diferente. A veces es mucho más sombrío y feo.
Pero sé que debo salir del laberinto del Fauno. Si es que se puede salir. Si es que es posible abrir la última puerta del Teatro. A veces lo dudo, a veces pienso que el Teatro tiene una función mucho más vehemente de lo que aguante una vida.

Ahora quiero integrar el rizoma en la conciencia. En todas las conciencias, en todos los acuerdos de la percepción. La conciencia tiene a veces un movimiento involuntario, como la respiración del cuerpo, la conciencia tiene comandos que no dependen de la voluntad ni de la atención, que son gravitatorios de algo que muerde como la gasolina.
Yo necesito integrar el exterior en mi exteriorización. Mi exteriorización en mi introversión. Mi introversión en el beso a un humano.

He caminado la noche de mil siglos hacia la soledad y su hueso-alfabeto de la montaña y del mar, de la palabra, de la mano abriendo el pomo de una puerta. Mi escritura ha sido muy lunática y violenta de la voluntad de mi desaparición y de mi lejanía, mi escritura durante tantos años levantó en mi pecho el exilio como una navaja, cerró las puertas con granadas, tomó las estrellas con la materia negativa en fiesta y siguió mucho más allá.
Mi escritura se convirtió en mi única conciencia. Y la escritura nace de una posición casi de muerte respecto a la realidad compartida. 

Todo esto dejó en mi vaso, un vino perturbante, la cucaracha de Kafka y su droga.

Yo quiero volver. Quiero volver a ese lugar dónde nunca he estado del todo. Y es a la inversión del Laberinto del Fauno y la llegada total a la fiesta. Sin el yo-ataque-defensa, sin el yo-muro y cascada, sin el yo represión y pelea. Llegar con él, abierto y liberado de su eje centrífugo y centrípeto de la extorsión de la nada. 

Por eso debo salir afuera de mí. Ahí afuera yo no tengo el control de mi conciencia. En la simbiosis lingüística con otros humanos yo soy un animal que flota. La conciencia ocurre sin nombrarse a sí misma. Algo en mí ebulle sin la sensación del suelo. Y son esos momentos en los que de verdad se puede provocar la integración que necesito.

Tal vez esa sensación de perder el control en lo social, tiene en mi recuerdo empírico el espanto y el abismo, la violencia y el fuego, por pasados viajes con drogas y estados de locura y coacción de Marte. 

Tal vez por lo que supe allá, generé como protección la casa de Alicia. Y allí me dediqué a las carnicerias y subdivisiones, hacia el adentro del adentro, donde ninguna mirada pudiera hacerme daño.

Hoy quiero otra vez correr los riesgos de vivir de nuevo.

No hay comentarios:

Publicar un comentario