HAY UNA MENTIRA QUE ME HA CONVENCIDO PARA SIEMPRE Y ES QUE ESCRIBIR SIRVE DE ALGO

Ardidos

He descubierto algo en un lenguaje diferente. Habla sobre el embrujo de los robles, callejuelas de vino, hollín y trompetas. Ofrecer preliminares al hambre de Marte. Mantener el ritmo sobre la deriva sin manchar con ninguna puerta el gozo del viaje.
Tal vez como tú. Como esas polillas que la nieve sacude en una pasión sin tiempo. El aprendizaje onírico de un sueño y sus siete bofetadas. Luego la mar levanta sus patas. La ausencia respeta su conjunción en la fiesta, su vaso en mi mano, los gallos alumbran el camino viejo y esa selva detrás raya el ejército de piedras que vela desvelando el murmuro del amor. Hoy sentí un instante el infinito, el juego de las leyendas, la clavija-tiovivo de esa ranura en pie sobre tu boca cerrada. El terror llegó cuando estábamos haciendo otra cosa, se alojó en lo que no tenía entonces la mano, la atmósfera siempre era más compleja que la conciencia que la hacía suya. Había muchos más objeto-verbo, que razones que cosían hacia el sol el cuerpo. El cubismo se hizo obligatorio desde el principio. Mantuve callada a mi ternura. Era la protección del bosque cuando cruzaba la oscuridad en mi periferia. Mantuve siempre encerrado en la distancia un pronombre que sangraba en mi corazón. Viví el hambre de la mariposa. Pero el río permanecía la unidad de lo multitudinario, a pesar de mí. En tu casa fui la píldora anticonceptiva cuando el futuro nos habló del jabón de los mirlos. Conocía demasiado el país de la pérdida. Y en su devenir, la persiana fijó un alúd de rocío donde mis ojos inundados se olvidarían de mis razones. Aunque el enjambre de la fuga, siempre lo descartaba un rato. Yo me dibujaba un vestido de alambre para saltar el agujero y brotar corazones perros en las ramas secas del ciprés. En el retorno la piel tiritaba los naranjos. El piano no soltaba la alambrera de la noche. Carmen no necesitaba el socorro de la luna. Las piezas desenclavadas ataban el abrazo del agua en mi llaga de tierra. El cuerpo oblicuo de la sombra de la noche estrellada azotaba en mis labios un trago de coñac y de nube. Mi voz digería demasiado lejos lo que clamaba la mar en mis costillas. Acepté en alguna silla rota, el desconocimiento absoluto. La música siguió sonando. Los cráteres agujereaban mezcal en el hombre de hojalata. Yo era su lágrima de herrumbre. En tu cuerpo estallaba lo que no reconocía de mí sobre el abismo. La muerte acercaba a la muñeca de trapo en el puerto de una desventura y un templo. Yo era su arruga de líquenes, su sangre transferida por la bestialidad de un silencio y una patada. 
Me calmaba la lluvia entre los pinares. Me calmaba el frío entre cunetas abandonadas. Me calmaba tu cruel extrañeza cuando mi lapicero fadaba cuellos asfixiados de anfibio.

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