HAY UNA MENTIRA QUE ME HA CONVENCIDO PARA SIEMPRE Y ES QUE ESCRIBIR SIRVE DE ALGO

Ardidos

No hay nada que traer a la voz del desierto
cuando los años encayan en esa pistola que usaste para no decidir
boca abajo en la mesa, escribe cartas que no se atrevieron a mentir, cuando mentir era indispensable para amar todavía.
No hay nada que devolver a la bruma
cuando la jauría que se esconde en los chopos
afila sus colmillos en la palabra que borraste en mi cama.
Nosotros avivamos de la batalla un hueco nacionalista. Dimos la carne al animal. Quitamos el cerrojo. Hostigamos el fervor de un todavía. Hoy plancha en la cocina destartalada la ternura del viejo tus ojos de cerilla y papel, en la descimentación de mi certeza húmeda en tus corales.
Si te lo dije del revés, fue para no dar lugar a engaño a la salida de ese bar cuando los dos borrachos no sosteníamos ninguna palabra que nos uniera. 

Amé hasta desangrarme, amé, y sin embargo hoy me parece muy lejano.
No sólo es el huerto de esqueletos y la colección de desventuras. No sólo es el verso que siempre separó al objeto de mis manos. No sólo es haberte perdido sin haber aprendido a decir tu nombre.

Aunque en esos mares desvirtuó la perspicacia de Mercurio. Dijo el corazón y la navaja, una flor que hiciera de armisticio en un duelo entre ahogados. Dijo el grito entre las estrellas, un mástil que hiciera de lanza cuando los motivos se dieran la vuelta.

A veces quise destruirlo todo. Yo era la primera víctima, yo era su verdugo. No supe deshacerme de la crueldad nihilista. La nostalgia se hizo un amortiguador. El hedonismo la almohada y la espada de cartón. Cuando te miré desde el interior de aquella lluvia, me ví a mi misma ahorcada en un viga, quitando un velo a tus ojos y fumándonos los vestidos por las venas. Dolía demasiado para que un pensamiento lo explicara. Pero sólo era un cacho del cubismo. Acá todos los animales vivieron sin ley y sin dueño. Yo no sabía domesticar a la que buscaba tu asesinato ni el mío. Tampoco a la que te hizo todos los hombres bateando en un charco el fuego de la luna. Mi naturaleza me obligaba a la antinaturalidad y al abordaje. Esa rigidez de un rayo digitalizando el alfabeto del agua. Esa perpetua tensión entre el verbo y la espada. Entre la pérdida y la orilla.

Te fui infiel sin ningún reparo, con total amnesia en los fuegos fatuos. Era muy tarde para arquitectar del cuerpo la intención de un territorio o el gozo de un objeto. El gas destruía todos los enunciados. Yo sólo soy el libar de una nube entre cuadernos abandonados y sombras de siluetas que se marchan.

No soy fiel a mis sentimientos porque todos son la patria de la inestabilidad. 

Tengo de tu rostro, mil rostros para cada botella. Algunos te clavan todos los cristales y quieren verte morir. Otros sólo han conocido el amor entre tus brazos y hacen de mis montañas carros que te siguen cuando más allá de todo hundes la música y es mi principio y mi fin.

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