Ardidos

El paisaje está salvaje. La casa silba el vendaval. Un canto de absenta me arraiga adentro el beso de las carreteras para manchar en sus labios el puerto que flota entre dos peces y una tormenta. Cuando las olas encrespan hacia las raíces de los árboles la distancia que un poema junta en una tumba como el nacimiento de un pájaro.

A veces soy una intención sin letra bordeando el ataque expresionista de una huella escrita en la resina con plumas de civilizaciones derrumbadas al claver del aire que lloró tanto aquella noche en tus brazos.

Y sé que olvido algo que me recuerda desde la mirada del monte. Cruza en mi ojo el ardor de marzo y encharca con alcohol todo aquello que ya no diré mientras junto mi respiración a tu casa de agua.

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