HAY UNA MENTIRA QUE ME HA CONVENCIDO PARA SIEMPRE Y ES QUE ESCRIBIR SIRVE DE ALGO

Ardidos

A veces se me congela el corazón tras un bufón. Gime el vapor del agua, mi rostro de vídrio. Mi soledad se pone delante y detrás. Tengo entonces tanto miedo a volver a vivir que bailo con la culebra el tambor del olvido. Tengo tanto pánico a cerrar mi secreta herida, que me aferró al poema de las casas derribadas y toco mi muerte en tus manos y las muevo por mi piel y te miro como se mira lo que se ha perdido para siempre. Y entonces echo mis piernas a la mar. A salvo, de la botella de vino, del payaso ahorcado en el óleo. De mi mayo tan lejos, tan necesariamente lejos que las flores aún empuñan vuelo de venado porque el paso pasará sin pasarnos demasiado. Porque tengo miedo que entres. Porque tengo miedo de que yo salga. Porque aquí nunca sobrevivió el amor. Porque soy una analfabeta entre tiritones de animal que me leen los diccionarios de la brisa cuando nada dice mi nombre. Porque cuando un corazón vaga hacia mi vagabunda, ella, tan triste y loca, corre enloquecida hacia la playa de los desechos para que sólo me arrastre su silencio. Porque aquí nunca nadie salvó a la obra. Y los personajes se acostumbraron así a la fiesta. Porque se confundía la risa y los lamentos. Porque el frío, se hizo al frío, y usó la nieve para mantener vivo el fuego. Porque si me quieres entonces me convertiré en una rata y a ella no la querrás. Y ella, rasguñando mis mástiles, volverá a llevarme donde nunca nadie llegó. Y con mi sentimiento hecho la orquídea de una araña, vagaré las migraciones al abajo del abajo, donde sólo los locos, crujen el arriba en el cadáver de una cabra. Y si son éstas mis maldiciones, no podré amor, quedarte. Un extraño animal, me asalta todas las noches en las que me faltaste y me abre su fuga, en un luz secreta. No sé si está otra vez, entre las cumbres de la locura y la medicina violenta de las arañas. No sé. Por suerte nunca lo supe. Como un tambor seguí la mar entre los senderos fosilifisicados en la polilla. Y no me agaché para atarme las botas, cuando esa moneda de canto rumió la muerte de tener que alejarte, de tener que alejarme, otra vez, fiel al hipnótico infierno de los que llegaron a la tierra, sin tierra.

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