HAY UNA MENTIRA QUE ME HA CONVENCIDO PARA SIEMPRE Y ES QUE ESCRIBIR SIRVE DE ALGO

Ardidos

Ahora el café. Cantan los gallos. Hay un silencio que crece y mueve de sitio las procesionarias. Cuando crucé por el río tuve un instinto muy intenso de bañarme, de desnudarme y quedarme en la corriente. Pero no lo hice, todavía estoy tomando antibiótico. Bebí agua del río. En el verano yo hacía una especie de ritos espontáneos con la naturaleza. Eso de alguna manera hacía psicomagia, me ayudaba a cruzar entre los dos mundos y a abrir el sendero de mi odisea interior, a llorar, a gritar, a rezar al Fauno, a amar, a pelear, a no someterme, a no renunciar, a buscar a los lobos, a lavarme, a perdonar, a reir, a jugar. En el verano yo estaba en el laberinto del Fauno. Hoy pensé que era urgente que yo en verano hubiera atravesado otra vez el bosque desde las campanas de la locura. Era de justicia. Era inevitable. Porque yo había incursionado en ese mundo, desde allí, desde caminos muy radicales, desde explosiones. Y necesitaba reencontrar los huesos extraviados. Volver a unir las piezas y abrir la mariposa.  Hoy volví a abrirme a un lugar que yo conocía un poco. Y todo empezó a cobrar una conciencia multitudinaria. Creo que de alguna manera atravesaré de nuevo ese lugar. Aunque estoy en un sitio nuevo ahora. Ahora quiero dejar la sombra del corro de la bruja a un lado para no provocar la continuidad del laberinto. Pero tal vez tenga que descifrar ciertas metáforas que tomaron el relebo de una amanita.

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