HAY UNA MENTIRA QUE ME HA CONVENCIDO PARA SIEMPRE Y ES QUE ESCRIBIR SIRVE DE ALGO

Ardidos

Ahora necesito lo ermitaño, lo montuno, el pentagrama de hojas y de piedras. Cubrirme de tierra y echarme muy abajo, hasta que estornuden salitre los cuervos, hasta que la madreselva me beba el rayo de la luna.
Mi nuevo reencuentro con el bosque, también tendrá consecuencias exteriores. Sobretodo con Yoseba. La asexualidad de Alicia ha vuelto a correr de ríos el alfabeto del horizonte. Mi pulsión sexual ahora sólo sabe de las hierbas, de la búsqueda del sendero del duende. Del desposarme con Monstruo y sus secretos. Yo no sé qué pasará cuando él venga. Será como una guerra. Como pis de brujas y lazos de queroseno entre los dedos de las estrellas. Yo ahora sólo soy amante de lo inefable. Hermana de los perros y de las lombrices. Del beso de la inexistencia y del ardor de la polilla. Y eso es lo que debe de preocuparme. Borrar todos los esbozos de las historias humanas, en la pértiga del cardo. Borrar todos los desvíos humanos, hacia el vaho del charco donde las ranas desenredan el hueso del sol. No tener en cuenta a nadie. Irme muy lejos en mi desierto. Irme hasta que encuentre al espíritu del coyote. Vestirme de arena y de saliva de arbustos. Reencontrarme con el mago de mi locura. El paralelismo mordido por la araña con mis yoes exteriores, seguro que me provoca taitantos desvelos. Ya llegará su batalla. Pero ahora debo cruzar mi desierto. Velarme con un murciélago, con un lobo, con un saltamontes, con una mala hierba, con petricor, con espuma de río, con pianos de mamá muerte, con soledad, con etereidad, con el escarabajo de la patata y no desviarme del camino. No preocuparme de momento de nada que no provenga de lo que me dice el bosque.

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