Ardidos

Ahora voy un rato al monte. Tengo ganas de la brizna ingobernable de la naturaleza. Lo que no cesa. Lo que se mueve y me toca y no me toca, y me sabe, y me balancea en el rubor que no se ata.. que sigue.

Creo que llevo demasiados días bajo mi infra. Y es momento otra vez de echarse al viento. De dejar abierta la gruta hacia otros corazones y probabilidad que no sopese mi pensamiento. Que no haga hacienda de ellas la introspección de la polilla. El acto ocurre sobre el fuego. Cuando se recobra la invicta inocencia y se acude a la música. Cuando las cicatrices no oscurecen la mirada. Cuando el mandril que no sabe leer ni escribir, toma la guitarra y el timón. Cuando a pesar de todo, el asombro, la fe en el Fauno. Un amor que no haga filtros en el pensamiento ni en las heridas. 

Hoy vuelvo a desear el deseo cerca de él. No sé si más como ardilla o como mochuelo que como humana. Pero descubrirnos animales, hermanos de las hierbas. Y dejar afuera todos los resquicios de las viejas muertes y de las que hoy llaman en la puerta. Libres. Sin importar a dónde, ni cuánto, ni porqué. Latiendo todo el bosque por las venas. Atreviéndose otra vez a ser niños y jabalíes y perros y venados. Hoy vuelvo a amarlo con mi pobreza y mi desconocimiento. Con todas las estrellas.

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