HAY UNA MENTIRA QUE ME HA CONVENCIDO PARA SIEMPRE Y ES QUE ESCRIBIR SIRVE DE ALGO

Ardidos

Ayer estuve en la bañera. Antes de eso había notado en mi cuerpo la conexión de Comala. Para mí el agua siempre fue como mi madre. Me quedé allí sumergida como si estuviera enterrada en la tierra. Muy quieta. Sin pensar nada. Sin sentir nada. Deteniéndolo todo, para que el velo del agua me entrara al hueso y me protegiera. Noté dentro de mí revolverse a la tristeza de Franquestein, pero el agua amaba su angustia, abría los poros de su piel bajo la luz de su luna, lo tomaba en sus brazos. Yo me sentí como un árbol, como una estatua de sal, como una hoja perdida de un árbol. Y dejaba que el Agua fuera mi madre.

Todos tenemos heridas. Todos tenemos muertes. Todos tenemos alguna zona del Bosque perdida en nuestro interior. Algunos no buscan al bosque. No lo conocen. No les interesa, están distraidos con los naipes y velorios del capitalismo y el civismo de avisperos y monedas. Los que han conocido el Bosque, también tienen cachos asesinados del Bosque. Porque el Bosque nunca se acaba. Y el bosque va abriendo puertas a través de la muerte. En cada muerte se conoce un cacho más.

Yo siempre he sido mi curandera, mi jodida psiquiatra, mi rezadora, mi clavo ardiendo, mi dosis de narcóticos, mi bruja, mi enterradora. En el manicomio un cadáver creció de mis costillas. Y sólo yo podía revivirlo. Yo he tenido miles de enfermedades que sólo yo podía curarme. Yo todavía tengo un agujero negro en mi mente y sólo yo puedo empujarlo hacia el bosque.  He vivido toda la vida curando mis heridas, para permanecer en el bosque. Toda mi vida, escribiendo mis embrollos, mis bucles, mis chapas, mis vendajes, mi gasolina y whisky, mis deja vus, mis jodidas regresiones, para ver si encontraba de una vez el mapa-médula que lo fumara todo dentro del bosque. Sufriendo la separación del bosque. Y a veces gozando mil asteroides su blues cuando me tocaba.

No hay comentarios:

Publicar un comentario