HAY UNA MENTIRA QUE ME HA CONVENCIDO PARA SIEMPRE Y ES QUE ESCRIBIR SIRVE DE ALGO

Ardidos

Ayer también estuve pensando en el yo social, en el exterior, como reflejo, del yo del ensueño. Y descubrí que yo tenía mordida una piraña cerca de la sangre del hueso de cabra que se me había extraviado en el fondo de una cueva. Algo de mí, siempre eligió el exilio, el agujero de gusano de la depredación de la huesera, la luz de la oscuridad, el proceso mortuorio y regenenador, del fuera del campo, del vínculo con el Laberinto del Fauno. Un paso que yo dejé en los parajes escarpados del Bosque. Un paso que yo nunca quise retornar. El suicidio del actor y su grotesta alegría. Pero que su espejo, su paralelismo en mi alma, en mi otro yo, en mi cuerpo del ensueño, también reflejaba mi manera de suicidarme ante el Bosque. Y bajé por la herida del corro de mi bruja, y llegué a parajes extraños de mis laboratorios-hachís-Artaud. Llegué a lugares medio inaccesibles donde yo solté mis manos del piano y me entregué a la noche. Y algo de aquello estaba a vivo fuego vivo en mí. Algo en el fondo de mi entraña seguía mordido por queroseno. Y recordé los arquetipos de la metamorfosis del verano y su violencia a vida y muerte, mi violencia desesperada con las criaturas de mi ensueño, con mi Familia, que eran yo misma, que era el Bosque, que era Gran Espíritu. Comprendí que yo estaba enloquecida por algo que tenía un íntimo espanto camuflado, en la Vida, en el amor. Una herida de gasolina, la piedra ensangrentada. La rabia. El placaje de mi niña perdida. Un animal muy violento y herido que temía llegar a casa. Algo que despertó la maquinaria del Fauno, donde yo en realidad estaba transitando una odisea y una guerra, para curarme. Y la hacía como lo hacen los locos.

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