HAY UNA MENTIRA QUE ME HA CONVENCIDO PARA SIEMPRE Y ES QUE ESCRIBIR SIRVE DE ALGO

Ardidos

Ayer vinieron a verme unas amigas. Fuimos un rato al monte también con Kavka. Disfruté de sus historias, de escuchar sus rutas de supervivencia y abismo, sus nudos gordianos, sus heridas y abiertas y la voz de la música y la resistencia detrás. Disfruté de mimarnos mutuamente a través del soplido de Bosque. De callar sentadas al lado del río. De ver los ciclos de la vida y la muerte, jugando entre nosotras y de oir su manar, su corazón sagrado rugir animalarios más allá. Aunque yo no hablé de lo que me preocupaba. Porque lo que me preocupa es algo muy abstracto que se mantiene en mi Infra. Sentí algo bello al reconocer al bosque en ellas, algo que me tocaba el corazón.
Tal vez cuando se fueron, se provocó en mí algo de nostalgia. Tal vez me sentí un bicho raro, o me incomodó mi soledad. Tal vez sentí mucha belleza al ver que ellas compartían su vida y que sus luchas independientes convergían en una casa común, en una relación íntima. Y yo sentí al ver la atmósfera que las rodeaba, al leer entre líneas sus fantasmas y aullidos, una artesanía llena de inocencia y vitalidad. Un olor a harina y sidra. A la rebelión de una mujer que ama a otra mujer. Y no sé qué canción tan bella.  Y tal vez yo sentí esa ausencia a mi alrededor. Y eso me provocó un raro canto roto en mis tratos con la noche. 
Sentí que yo no tengo una relación íntima con nadie. Por la dualidad de Alicia. Por las mil escafandras que me obliga a usar la loba y la que escribe. Por no sé qué grabada desconfianza de mi erizo revolcándose en el barro. Por no sé qué tejido de arquetípos que se va al fuera de campo de un duende o una pesadilla a formularme el fondo de mi tapiz. Como si mi lectura atravesara la tez de monstruo.

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