HAY UNA MENTIRA QUE ME HA CONVENCIDO PARA SIEMPRE Y ES QUE ESCRIBIR SIRVE DE ALGO

Ardidos

Como en media hora quedé con ese tipo, hoy me cambiaré de ropa. Hace muchos días que me pongo ropa montuna, que no cruzo por el pueblo, que no voy ni a comprar pan. Vuelvo con ramas y con hojas en el pelo. Me velo con barro. Me velo con la distancia de los árboles cuando caminan. A veces se me caen fotografías en blanco y negro bajo los charcos. A veces el corazón de una urraca, me roba la mirada y la voz. Me detengo de hierba. Mi pensamiento se pierde por el orificio del río. Mi historia se acaba donde el Sol tosta las flores. No me cargo ni me llevo. Me disloco de nube, de brizna que se marcha. Me instrospecto de soliloquio de erizo y madreselva. Me borro con la tierra húmeda.
Y el paisaje de la gente del pueblo, se convierte en un caldero y un pozo que baja y sube, sacando y tirando agua, sin que nadie mueva la manivela, un espectro de cuervo o de perro, tan sólo. Me abriga que todos ellos estén muy lejos. Me abriga que nadie pique a mi puerta. Me da seguridad y abrigo saber que nadie me dirá hola si me cruzo en su camino. Eso me hace sentir que el pueblo es como un dibujo animado que pinta una cabra. A veces disfruto escuchando los gritos y risas de los niños. Esa motosierra. El claxón del panadero. Las ancianas que van a dar de comer a las gallinas. Me parecen hasta bellos los vecinos del pueblo, porque están al otro lado de la caverna.

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