HAY UNA MENTIRA QUE ME HA CONVENCIDO PARA SIEMPRE Y ES QUE ESCRIBIR SIRVE DE ALGO

Ardidos

Con Yoseba tengo que distanciar mi entrega. Irnos sólo como amigos animales, con un muerto del amor entre nuestros cuerpos, complacido por la danza del hachís, por los montes, por el fuego, por el inevitable adiós de los nómadas, de los que han llegado siempre extranjeros y viudos.
Esa forma era en la que yo lo amaba en verano. Mi rana siempre jugaba a solas. Mi corazón era sólo del bosque.
Los embrollos amatorios que moramos estos meses, sus cabarets, sus paraisos mortales, abrieron el corro de mi bruja y ahora he de morar entera y sola y libre, el Bosque.
La herida de mi corazón que surgió de una trampa que me hizo un duende y de nuestra energía sexual, nuestra forma de reclamarnos, nuestro celo, ha de regresar al Fauno.
He de quitar a Yoseba los derechos que le di, sobre mi sinceridad de la selva. Devolverlos a su anarquía y a los animales salvajes.
Romper todo vínculo de necesidad. Todo lazo de exclusividad. El bosque está lleno de criaturas. Ninguna tiene nombre ni pasado ni futuro. Lo que me dijo el corazón sobre Yoseba, era un delirio de algún viejo cadáver sin enterrar y de una trampa de mi vagina, de mi poesía, de mis artilugios de la metáfora de la serpiente. El corazón en realidad sólo es del Fauno.
Yo no hace falta que mate a Yoseba. Yo no hace falta que cante las expiaciones de un réquiem. Ni cierre mis ventanas con dinamita contra él. Sólo tengo que ser animal de los dominios de mis animales y atizar su hoguera, mantener vivo su fuego. Él sólo es otro animal perdido como yo, que de vez en cuando comparte conmigo un trigal, un baile en el monte, un canto vagabundo. Y es bonito así. Pero la cabra tira al monte. Y buey suelto bien se lame.

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