HAY UNA MENTIRA QUE ME HA CONVENCIDO PARA SIEMPRE Y ES QUE ESCRIBIR SIRVE DE ALGO

Ardidos

Conozco de mi noche, las ruinas, la aprensión de Comala, esa mano que me apuñala el fantasma del callejón. Ese hilo de sangre entre los botones que nunca deja parar, y a palmadas, expulsa oscuros pájaros ante los que jamás pudiste hablar, ni moverte.
Hago sitio en mi ventana, para la alquimia de los cacharros de metal entre los besos que la lluvia hizo herida al otro lado del cuaderno. Sangró demasiado porque el hueso estaba todavía más abajo. Se me olvidó abrigarme. Se me olvidó llamar antes de entrar. Aquél poema se fosilificó dentro de un sapo. Sólo un rayo mortal podría mojarlo otra vez entre nuestros cuerpos y tal vez entonces ya no quede nada.

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