HAY UNA MENTIRA QUE ME HA CONVENCIDO PARA SIEMPRE Y ES QUE ESCRIBIR SIRVE DE ALGO

Ardidos

Creo que la solución ante mi dilema ha ser multitudinaria. Ha de ser desde el 3 de la polilla, el 1 siempre es 2. Y el 3 llega desde la gruta.
Todos tenemos una doble naturaleza. Que da lugar a la tercera cuando se despierta uno en sus sueños o cuando escucha al bosque o cuando viaja con hongos. O cuando siente desde el pellejo del lobo, del saltamontes, del águila, del árbol....
Por eso se muere muchas veces a lo largo de la vida. No reconocer la doble naturaleza, genera mucho sufrimiento e insatisfación, algo siempre incompleto, algo que no permite entrar al Bosque ni sentir el Infinito.. La Polilla Negra viene con la muerte para introducirnos en ese conocimiento. Pero el sistema binario está muy intoxicado en la cultura y en la mayor parte de la gente, y nosotros lo bebemos también, y es parte de las primeras puertas hacia el Bosque. Por eso las muertes de la adolescencia, son muy desestabilizantes, sino nos besa la Mamá Ayahuaska. Hay personas que viven siempre bajo la prisión del sistema binario, aunque la cuántica siempre les romperá en algún agujero sus esquemas, sobretodo cuando les acorrale la muerte.

Anoché pensé en la doble naturaleza de Yoseba.  Y creo que volví a amarle. Aunque mi mente era un torbellino. Y algo en mí estaba suspicaz desde las malas pulgas del lobo.  Pensé en su forma de callar. Pensé en ese cuervo que a veces veo en él cuando camina. Pensé en esa extraña oscuridad con la que a veces me pone la piel de gallina, como si un rubor de muy lejanos desiertos crujiera la hojarasca y los cristales. Pensé en su carro de combate alejándome donde entra la noche y nos calla como dos mástiles de calaveras. Pensé en su infancia, en la belleza de su familia. Pensé cuando él despierta a su niño y es la ternura de los animales y los brazos del bosque, salvaje. Pensé en su forma solitaria de vivir. En sus vueltas en bicicleta decenas de kilómetros por la noche. En todas las horas que pasa con su perro alejándose de todos. Pensé en sus cicatrices. Pensé en su violencia. Pensé en su Franquestein al que nunca nadie ha besado, y yo tampoco. Pensé en su forma de estar a miles de kilómetros en un risco cuando la gente le rodea. Pero también pensé en lo que yo desprecio de él, en ciertas capas humanas que yo siento parte de una involución cívica, en cierta arrogancia y orgullo que a veces me ha parecido muy mezquino.  En sus debilidades que a veces miro con el ojo vizco de mi lobo. En sus sombras. Comprendí que eran esas sombras las que nos habían traido la Mujer Esqueleto. Comprendí que yo también tengo miles de kilómetros de sombra que le borboteé desde mi corazón con la inocencia del río que explota y se escapa agarrado a mi agujero de gusano, inevitable. 

Yo tengo una gran capacidad en sacar lo peor de mí, mi debilidad, mi herida, mi fealdad. Alguna vez hice eso como mi arma. Como la rareza y humor de mi rata-dadá. Como mi suicidio de antemano para protegerme junto a mi Huesera. Como mi resistencia. Aunque no fue por heroicidad del esperpento, fue porque yo tenía una promesa con el éter. Mi entraña estaba entrañada siempre a mi fractura. Y yo había elegido la marginación. Yo carecía de escudo entre los humanos, yo carecía de juegos de poder y de seducción. Yo habitaba mi Infra. Yo era la esquizofrenia ahí afuera. Mi caricatura. La bruja que aparecía en mis sueños. Mi pesadilla. Aquello que me dolía, yo lo multiplicaba lunáticamente. Era el mago de lo esquizo. Era mi honradez con mi lucha interna y con Doña Muerte. Mi fuego hacia el Bosque, cuando afuera sólo había cadáveres. Mi estigma del manicomio vuelto mi cóctel molotov. Era mi Polilla Negra empujándome a sus brazos a través de mi derrota.

Ésta honestidad con el esperpento, siempre me hizo un arlequin y un chivo expiatorio del fuego de mis ensueños... siempre me forzó a la lucha de mi loba, a su adiós y su soledad.  Con Yoseba, cuando lo conocí, yo abrí mi sótano de ratas y culebras y sapos y parásitos, con mi optimismo despreocupado y escéptico, ya sin humanidad, yo estaba muy lejos, yo sólo quería el Bosque.. Él no se fue. Todos se habían ido siempre. Pero él no. Él besó a mi monstruo. Él también estaba ya lejos de todo y le daba igual, él era también un animal. Fue eso lo que me hizo confiar en él. Yo no soportaba a ningún ser humano más de dos o tres horas. Pero con él podía estar días y noches enteras.

Hoy siento ganas de seguir yendo con él y sin él, hacia el bosque. Creo que he de cruzar mi desierto a solas, pero a la vez juntar luego mi venado con su venado. Arriesgar la muerte. Arriesgar otra vez mi jodido corazón. Estos días de atrás yo había vuelto a hacer lo que llevo haciendo toda mi vida, irme con mi lobo al monte y no querer volver. Tal vez ahora el juego del Fauno, sea más divertido y cubista y deba probar la selva. Abrir las alas de todos los insectos.

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