HAY UNA MENTIRA QUE ME HA CONVENCIDO PARA SIEMPRE Y ES QUE ESCRIBIR SIRVE DE ALGO

Ardidos

Dentro de un rato iré al monte. Estos días he estado muy instrospectiva. Y creo que es momento también de artesanar el cotidiano. De ventilar mis habitaciones. De barrer la ceniza. De bailar. De dedicarme también a la harina, a las hierbas del patio, a la costura de la herida de trapo del muñeco. A mover también la materia viva de la casa. El Bosque está en todos los sitios siempre. Aunque es más fácil sentirlo en la naturaleza, en los deambulares del cortejo de la araña y la raposa. Es más fácil sentirlo en soledad y en la detención del yo exterior. Me he dado cuenta que yo le había dado un lugar exclusivo y sesgado en mis tiempos en éste invierno. Porque yo estaba a la mitad ciega. Pero el Bosque crece desde la grieta de los mundos y estornuda y cae en absolutamente todo lo que nos toca. El vínculo con nuestro doble siempre está en el Bosque. Y nuestro doble siempre está a una vuelta de campana agarrado a nuestro cuerpo, rozando el Infinito. Los lugares que yo había destinado a la búsqueda del bosque, hacían que yo anduviera por ahí coja. Porque yo lo negaba de otros muchos lugares de mi vida. Por eso yo había perdido mi alegría y al duende. Por eso vino la Muerte. 
Mi tarea ahora es aprender a hablar con el Bosque, todos los segundos. También en los callejones. También en los cabarets. También en los basureros. También cuando la muerte echa vidrios rotos y huesos de cabra que enredan los mástiles a las calaveras y a la pena de Monstruo. 
Esa tarea requiere un esfuerzo. Requiere el 3 de la polilla. Y los ciclos de su inframundo, donde hay un montón de cadáveres y de porquería. Requiere al cazador del alma, a la hilvanadora, a la cantaora, a la sepulturera, a la limpiaplatos, a la come-huesos, a la basurera, a la perra, a la abeja, al tejón, al pájaro, a la huesera, a la inocente, a la belicosa, al lobo y al colibríe. Requiere al agua en la rabia. Al aire y barro en la cicatriz. A la lágrima de la tejedora. A los dientes afilados de la vagabunda. Al corazón perro. A la alquimista. A la vudú. A la desenredadora. A la marinera y sus cuerdas. A la mujer estatua y su espada de agua de mar.
Y la gracia no la trae un dios. No la regala el cielo ni la tierra. Requiere caminar y pelear. Requiere ser un buscador de tesores y entrar en la isla de los caníbales. Requiere ser un zarrapastroso y bailar con los lobos heridos y las pulgas, llenarse otra vez de sangre y de fango e insistir. Insistir mil veces más sobre el ardor del naufragio y el canto de la derrota. Levantarse del fuego del ciprés que nos tumba. Cien veces. Por eso tengo también que ser paciente. No caeré volando en el ave negra de los muertos y brotará la hierba en mis brazos de madera. No me llevará la ayahuaska hacia mi amado cuervo y él me dará su corazón y sus alas. No se cerrará mi dolor y me jurará que no volveremos a sufrir. Sufriremos mil batallas más y algunas las perderemos otra vez bajo el pellejo de un murciélago. Pero caminaremos y no renunciaremos jamás al Infinito.

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