HAY UNA MENTIRA QUE ME HA CONVENCIDO PARA SIEMPRE Y ES QUE ESCRIBIR SIRVE DE ALGO

Ardidos

Dentro de un rato me pondré a cocinar. Unas patatas rebozadas en salsa que me enseñó a hacer mi abuela. Quiero volver también a lo cotidiano. Echar leña en la cocina. Regar las flores. Amar a mis muertos. Convivir con el Silencio y con la fuga, y aprender a cantar en los instantes en los que antes no cantaba.
Pasé muchas horas éste invierno yéndome por el agujero del ratón y escuchando sólo el grito de la noche entre luces de san telmo que borraban todos los horizontes. Ahora es momento de oficiar el oficio de las viejas y de los perros. Amar los chopos, en la esquina de la mesa. Amar la vida, en su fuera de campo, en su desvelo. Pelear el collage y la tiza y la hierba, en los momentos que antes arrancaba el vacío y la muerte. Seguir el viaje. Viajar más allá en los senderos de lo inerte y ver a la huesera también en el tablero derribado sobre el tiempo. Yo debo construir mi casa. Un lugar para mi reposo. Un lugar para mi celebración, para mi guerra, para mi duelo, para mi amor, para mi soledad, para mi reencuentro y mi lejanía. Para las horas del carbón y del papel, para las de la cocina de leña y los pozos de agua y mezcal. Para el pájaro de lo triste, de lo detenido, de lo cubista, para la vehemencia y el rito del teatro y el perdón y la cumbre y para el olvido, el urgente adiós, la cantina y sus acróbatas, el amado río, el desierto, la selva. Para el oficio del sastre y de la sepulturera, de la cantaora, de la salvaje, de la ausente. Detrás de todo está el bosque. Lo multitudinario, necesita lo multitudinario. El rizoma al rizoma. Lo plural y caótico y mágico del duende, necesita mil habitaciones diferentes y en todas encendidas la lumbre.

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