HAY UNA MENTIRA QUE ME HA CONVENCIDO PARA SIEMPRE Y ES QUE ESCRIBIR SIRVE DE ALGO

Ardidos

El día está nublado. Ayer a la tarde fui a un monte más lejano. Me ocurrió algo por la mañana, en otro monte al que suelo ir, bajó ladrándonos un inmenso perro negro yo llamé a Kavka y busqué un palo en el suelo mientras me alejaba por si el perro lo atacaba. Pero ese perro no nos siguió. Creo que era un perro salvaje que vivía en ese monte. Me preocupa mucho que le pase algo malo a Kav.  Tendré que empezar a salir con un palo. 

Hace muchos días que no se ve el sol. Hace muchos días que no veo a nadie. Me he emboscado otra vez hacia el monte. Busco hallar el reconocimiento acumulativo del magnetismo de la hierba y del agua. Busco en el abajo de mi abajo ese coágulo que libere a mi piedra secreta, a través de la lágrima del árbol y cese de una vez la depredación entre las criaturas de mi psique. 

La soledad me hace entrar en extraños trances que dejan un pellejo de sal en mi silla, y yo me voy cienes de galaxias entre el humo, tostando música de calima, brotes de flores rompiendo el hielo o hundiéndose de tierra.  Eso acrecienta mi relación con la rareza. Sólo la escritura y la naturaleza, me devuelve a la tierra.

Han cambiado las frecuencias de la náusea de Monstruo. Hay muchas cosas que no entiendo. De vez en cuando, sobretodo por la noche, cuando ya no voy a escribir ni una palabra, me agujerea el techo un crujido de calles que se desintegran en el pico de madera de una criatura medio suicida que está a punto de saltar a las fauces del espanto. Yo sufro entonces la existencia, como los puntos suspensivos de un carta ahogada en una bañera de sangre. Y algo muy extraño en mi sensación físico-metafórica desciende a la pesadilla de la mandrágora. No sé si es la voz de mi sub-yo en la grieta. No sé qué música tan macabra que me hechiza sobre una descomposición existencial que roza los tambores de la locura. Yo me sostengo con una naipe de huesos a la oceanada. Y habito un mundo de sombras. Después me duermo.

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