HAY UNA MENTIRA QUE ME HA CONVENCIDO PARA SIEMPRE Y ES QUE ESCRIBIR SIRVE DE ALGO

Ardidos

El silencio agita la lengua del horizonte. Revuelve en el camino, esa gruta que no acercaba nuestros pasos. Era una colección tardía de postales de sal. Los cajones escupían palabras ilegibles que tu amanecer inhalaba desde mi cuerpo. La distancia crecía entre el tumulto. La madreselva cerraba sus párpados y yo me agarraba a su pecho para no conocer ningún réquiem.
Me protegía con lo lejano. Detrás del arbusto, con los ojos derretidos sobre el monte, se perdían los años. Mi lucidez dependía del fuego sobre los asientos vacíos. Ventana hacia la mar y la nada. Insistencia del sapo en la bruma. Acordeón de los que no llevan nada. Esa brecha no se podía llenar con el calor de tu sonido. Es mejor que me vaya de ti cada cierto tiempo. Hablar con mis muertos con mis piernas dentro del río. Palmear el Sol donde la tierra calla.
Entristecerme de todas las calles unida a los charcos. Exigirme en la bofetada de la niebla. Beber las estrellas donde mi muerte está delante. Luego volver. No decir ni una palabra. Juntar musgo entre los dedos. Agitarte la negrura del vino, lo rojo de mi deseo. Ella estará sola a tu lado. Ella siempre está sola.

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