HAY UNA MENTIRA QUE ME HA CONVENCIDO PARA SIEMPRE Y ES QUE ESCRIBIR SIRVE DE ALGO

Ardidos

El viaje por el monte fue extraño y hermoso. Fue una conexión con el alma. Y a la vez con las verdades del inframundo. Con mis heridas. Conecté con mi monstruo, y lo sostuve en mí, uní nuestras manos en el pecho, uní nuestros motivos, y a la vez tenía regresiones físico-metafóricas en algún lugar de mi psique que hicieron una extraña y mágica atmósfera donde yo volvía a caminar con esa muerte clandestina mía y la dejaba a ella ir delante, trataba de soportarla, aunque me diera pavor y recelo. Sentía que toda la vida ese monstruo estuvo en mí y yo huía de él... y yo le hacía daño a él y él a mí....y que era momento de reconocerlo, de intentar amarlo, de vincularnos e ir juntos.
El paisaje estaba muy hermoso con la nieve. Y hubo otras muchas rebelaciones del mundo abstracto que me es díficil ahora escribir.
Cuando llegué a casa se me abrió el radar de lo oscuro. Y estuve investigando en él, para descifrarlo. Era un lugar que a veces rozaba una especie de pesadilla, una sensación del miedo del Ensueño, algo que no sabía muy bien lo qué era. Y estuve pensando mucho en esa sensación a la que yo llamo la náusea de monstruo, cerca de Yoseba. Y me fui vete a saber a cuántos sitios y probabilidades en mi mente. Y después de flotar por ese lugar de la pesadilla, busqué mi abrigo. Y fui consciente de una verdad incómoda, algo en mi pasado albergó mucho sufrimiento. Y algo infantil en mí, se agarró a ciertas canciones o pasiones, como un clavo ardiendo, mi niña perdida esperaba un salvador, un milagro, un héroe, algo que vulneraba mi camino por el desierto, mi vagar de loba, mi propia capacidad poética para sanarme y sostenerme. Y fui consciente desde mi tripa, de que ese aullido de animal herido, es lo que tengo que erradicar, en el bosque, en ésta época de ascensos y descensos entre lo desconocido y el beso de la lluvia. Todo esto son piezas de la sombra del corro de la bruja que empiezo a unir. 
Me di cuenta de que mi niña perdida también se había agarrado de esa forma piojosa al hachís de Yoseba. Y que a la vez Monstruo me expulsaba. Ponía queroseno en mis ojos y la pesadilla del cuervo. Yo debo atravesar el desierto. Y darle agua a mi cadáver. Y darle carne a mis huesos extraviados. Ese agujero de gusano de la herida de la niña perdida es algo que sólo puede sanar el desierto y el bosque. Todos los demás deben quedar fuera. Sé que mientras esa herida esté abierta, no vendrá de nada ni de nadie la música, vendrá un cuchillo que la abrirá para que mi Infra se adentre hacia el humus y la comprenda. Éste mecanismo macabro siempre ha sido mi mecanismo. Fue algo que se alojó en mi médula en lejanos viajes por la grieta. Fue una pasión de éter. Fue algo que empezó más allá de mí. No me sirven paraisos artificiales aunque a veces apueste sólo por ellos. No me sirven frutos que alguien me regale. Sé que también he sido a veces cobarde y he robado cosas en el jardín y he pedido limosna, y no he querido bajar a la casa de la Rata. Y me he agarrado a un rezo de una flor de papel. Y me he desviado de la senda para emborracharme con los acróbatas suicidas, con los perros. Y he querido olvidarlo todo en un orgasmo. Y he pataleado y llorado y me he vestido de alambres antes de reconocer ciertas verdades. Y no he querido esforzarme y pelear, he preferido que me llevara un duende saltando de seta en seta. Y he sido excesivamente amable con mis vicios. He sido mi abogada del diablo. Mi lo volveré a hacer. La madre de mis infiernos. Su absolución de rana. He sido también maliciosa con ciertas personas. He alimentado muchos rencores. He albergado en mi marginación deseos de venganza de lobos y de brujas. He nutrido mi violencia. Mi cable cortado. No me he amado. Hubo algo que no me perdoné pero que había olvidado. Y tiene qué ver con la piedra ensangrentada que estos días empieza a descubrirse en mi viaje por el Infra. En busca del Bosque.

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