HAY UNA MENTIRA QUE ME HA CONVENCIDO PARA SIEMPRE Y ES QUE ESCRIBIR SIRVE DE ALGO

Ardidos

Es preferible que esté completamente sola de la humanidad y que siga comprendiendo el lenguaje de los árboles. A que me meta en ciertas tabernas y traicione a mi animal salvaje. Es preferible que el amor vuelva a ser ese Mamut fosilificado debajo de la mar. A que yo compre gato por liebre y haga daño a mi naturaleza. 
Ahora he de conquistar del todo mi soledad y expulsar de mi centro, absolutamente a todos. La herida que se abrió como una vuelta de barajas en la metamorfosis del verano, ahora ha de volver exclusivamente a mi animal, y sólo mi animal es la medicina. He de alimentarme sólo en el bosque.
Yo estuve haciendo muchas estupideces últimamente. Sé que tengo mil argumentos que me dan la razón, que me explican porqué lo hice, que me absuelven, que me cantan la canción del bufón, del pescador, del vagabundo y el tronao, y me ríen perros en mi deshilachado corazón. Pero sé que hice el estúpido. Que puse en peligro a mi animal y a mi bosque. Y eso trajo a la Polilla. Yo no debo otra vez anestesiarme por esa mía que todo lo canta y que deja mi probabilidad en Marte aguardando a que los marcianos vengan a arreglarme los problemas.  La polilla trajo una amenaza real de muerte. Por eso yo he de atravesar mi desierto. Migrar con mis pájaros y mis lombrices. Velarme en la soledad de la noche. La metamorfosis que se inició en verano tiene que volver a reproducirse, desde éste nuevo hemisferio. Yo tengo que darle a la muerte lo que ella necesita. Yo tengo que enfrentarme a los demonios de la psicosis y de la soledad, de la herida más pestilente de mis heridas, de la sombra del corro y del quebranto de Alicia, del hambre de mi animal. E irme sola a mis montes. Y quemarlo todo. Quemar todas las naves hacia la búsqueda del fauno. Y no andarme apeándome otra vez en los cabarets a quemar las neuronas y las canciones en casas que no son mi casa. 

Mis sueños me lo llevan advirtiendo durante meses.
Mi tendencia a alcoholizarme, a saltar al vacío, a bailar con esqueletos en medio del infierno, a tentar al horizonte con un cadáver de sapito, a sacar un cuchillo contra los dioses, por la luz clandestina de la mandrágora y su crucificado corazón. Al huracán de una cólera desarmonizada del instinto de mi animal. A la grieta de etanol de la identidad. Al cadáver aquél que nunca tuvo descanso. A mis bestias sin madre y sin abrigo en mi pecho. A mis cicatrices de pelos de jabalí y pis de lobo y de gusano. A mis muertos sin réquiem. A mi agujero de agujeros abierto como un volcán hacia lo desconocido y haciéndome ir, sin saber a dónde, con los ojos cerrados, con el hambre de las bestias en mi hueso. De pura casualidad. De milagro. Embriagada por el fuego y los excesos de los excesos y la deriva. Todo eso, más lo que mi niña perdida no quería reconocer de su tristeza. Y su juego de la tijereta en los bigotes del gato. Estaba haciéndome morir. 

Por eso ahora he de ir hacia el Fauno. Y comprender porqué en el abajo de mi abajo, acepté todos esos cabarets y Babilonias, porque dejé a mi animal cada vez más hambriento y perdido, porqué su hambre me enloquecía mucho más el corazón. ¿qué coño adquirí a cambio? 

La respuesta nunca es nada bonita.

La respuesta es un cuchillo en el corazón. Y el cuchillo debe inclinarse a la huesera.

Lo hice, porque no quería estar sola, porque no quería pasar más hambre, porque quería un vuelo expres al paraiso, tumbada sobre la hierba y sobre las nubes, sin volver a trabajar ni sufrir ni pelear, por la gracia de la gracia, comiéndome una amanita y apareciendo sobre el unicornio.  Quería vivir como los monos de rama en rama. Como las cigarras. Como las hojas de los árboles. Como la espuma de la mar. Como el vino tinto siempre rojo y riendo. Como las playas nudistas. Como los gnomos.

Pero empecé a sentirme mucho más sola.
Mi animal empezó a tener cada vez más hambre.
El soplo de Monstruo empezó a traerme pesadillas.
Mi corazón con él, ya no era un mono, era erizo y yeso, era una trampa. Él ya no era un mono, era un impostor. El sexo ya no era un vuelo chamánico. Perdió el alma. Él ya no me pareció bello. Me pareció instinto primario y una pared y una botella de whisky y una jeringuilla de heroina. Y cristal en mi corazón.

Y sin darme cuenta mientras yo estaba tan perdida entre los recuerdos del Bosque y el río de sangre, mi soledad ya no era mi jardín, ya no estaban allí mis perros y mis venados y mis cuervos y mis lobos. Empezó a estar habitada por monstruos y gárgolas de espanto y roca. Por muchos muertos y huesos extraviados.

Pero vino a buscarme la Polilla. Y yo le dije que la quiero a ella o a la muerte.

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