HAY UNA MENTIRA QUE ME HA CONVENCIDO PARA SIEMPRE Y ES QUE ESCRIBIR SIRVE DE ALGO

Ardidos

Estoy entre dos tierras. Voy con un espectro chupando de mis tetas la lupa del desierto en esas venas cortadas bajo el piano. No puedo aún gritar a viva voz, el fondo del agua. La madera quemada de la noche, me vela ultrajándome del sentido. Me agarra para que agarre la gruta de mi grito. Para que contenga el equilibrio. Para que aguante la palada de tierra, el vómito del dolor, el feto intruso y vagabundo. Pero mi otra bola de cristal, recuerda el tejer de la metralla y de la luna.  Voy besando la muerte con mis labios que no quieren besar. Mientras el otro lado del río, echa trompetas a la noche. Voy desangrándome sobre el primitivo libar del suicidio de la rosa de jericó. Pero en mi otro lado, un caballo negro levanta tierra hacia el blues.
Voy desescribiéndome todos los motivos con el vendaval del hombre de hojalata clavado con un puñal en mi corazón. Mientras mi mano de aire escribe detrás de la bruma el árbol de viento.

Hay un costo para el solitario. Yo lo tomé en ese baile con las cinturas de la muerte. Cuando los topos caían del cielo y las alcantarillas mecían las canciones de cuna de los eternos extranjeros.

Mi sorbo de cristal, sube el río. Te ama destazando sus huesos. No oirás todavía su canción. Tenemos demasiados prejuicios de bondad y de bien. Allí abajo, sólo las bestian conocen el amor. Tenemos prejuicios de belleza y de lo que es aceptable, allí, sólo el esperpento liberado, canta con temblores el humus y el verdadero amor.

Mientras paso por ti, como viento de la tarde, cuando se apagan las cigüeñas, cuando entra el río por las sienes, cuando se apaga el cigarrillo, cuando la ceniza brilla en la puerta de la cueva, el tambor del cromañón y aman las piedras y los rayos. 

Bajaremos mucho más abajo. No te acongojes de alondras. Que no te dé el mal de altura de las ratas. Bajaremos como caen las raíces, como caen los huesos que escarban en la tierra, el golpe del agua.

No me sostendré a tu sonido. Sólo a tu silencio.
No conocemos la baraja.
Pero llevamos escrita a la Vieja Madre mucho más allá de lo que alcanza el tiempo.

Hoy también me aparto. Me lamo mis heridas entre los cantos del tejo y de la ruina. Me dejo perder en mi niebla hasta que me rasguña la brizna y me estremece el bosque. Cuando todo parece que se acaba. Cuando nada se sostiene en mi lengua. Muy lejos de mí, el árbol que alguna vez conoció mis ojos, sopla las ciudades derruidas y en mis pechos empieza la brasa.

Me alejo todavía de ti, para que no veas, mi alfil y la cerbatana. Para que nos veas mi lodo sin lunares entre andenes sin futuro nombrando la distancia, para tal vez nombrarte, cuando la hierba vuelva a ser invicta y el terremoto se demuestre por vena, con todos esos vestidos, bajo los pies del actor, fumándose con la muerte, un cacho de carne que viajo mil infiernos para afilarse entre los dientes, como la harina, como el cuervo, como el cereal. Y era amor, sólo amor, en el grito desesperado de mi vino entre tus cristales.

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