HAY UNA MENTIRA QUE ME HA CONVENCIDO PARA SIEMPRE Y ES QUE ESCRIBIR SIRVE DE ALGO

Ardidos

Estuve un rato en el monte. Hoy las palabras llegan desde aspectos distintos, bajo los brazos de la materia inerte, cuando el agua conoce su sombra y expulsa bajo el garjeo un viento muy frío que empieza a mover el pomo de una puerta que quedó enredada en una mano de hojalata con un cuerpo de urraca cuando el crepúsculo sangraba la albura de la noche.
Mi nervio se sacude en el moratón que esconde un espejo de bruma, con los cuatro puntos cardinales escribiendo el esqueleto de un águila. He de moverme. Reconocer bajo los anagramas que los años aullaron cerca de la calavera de fuego, ese otro pasadizo al monte. Tolerar las piezas que enroqué desde la espada y desde la despedida. Aceptar mi animal extraño también en las zarpas de la araña de la sombra más sola de la tierra. Darle todos los ojos al instinto. Pelear.

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