HAY UNA MENTIRA QUE ME HA CONVENCIDO PARA SIEMPRE Y ES QUE ESCRIBIR SIRVE DE ALGO

Ardidos

Hace un día muy hermoso. Yo soy feliz en el monte. Aunque la próxima semana tengo que ir un día a una cita médica a la ciudad. Iré y volveré muy rápido. No quiero vivir lejos de la naturaleza. La naturaleza es mi hábitat, es mi libro, es el espejo donde todo se desvela, es la vida. La ciudad es muerte. 

Todavía floto en un verso que se desperdiga. Un fuego cubista baja los renglones de mi casa por ese ojo de la aguja y cierra la herida de la mandrágora en una explosión sinestésica que a veces no puedo recordar mientras ocurre.

Subo mi monte. Aunque tenga que subir el olvido. Aunque lo deje todo colgado de una rama. Aunque sea como un venado sin piel.

Creo que mi camino, está cerca del jabalí, del pez, del árbol. No está en el camino de otros humanos. Sólo se cruza con ellos de vez en cuando, en la lluvia y en el vino, en el peligro de nacer sobre el arder de Troya, en un sueño de manzanas y sidra, en la espuma de brasa de un puente que vuela por los aires.

La bruma que emana mi corazón está viva en el bosque. Afuera sólo es teatro. Entre ellos, es cine de erizos y caracoles y monos, de secretos que duermen bajo el mar y nunca nadie podrá despertarlos. Mi soledad es innata. El teatro es innato. Yo deseo que su canción sea bonita. Pero sé que me iré a dormir sola, para poder dormir cerca del Fauno.

Los sueños de amor con humanos, son sólo pasajes del Teatro. Son botellas de whisky, liebres del delirio, cantinas a las que se entra y se sale del revés. Son un cacho de cubismo. La casa es el Bosque. El amigo es el lobo, la serpiente, la cigarra, el río.

Con los humanos siempre cargaré a la mujer-esqueleto en mi espalda. Y ella sólo se alimenta de Monstruo, sólo es libre junto a él.

Por eso yo no cantaré reproches ni el blues. No pediré a nadie la luna. No pediré el amor. Yo iré a buscarlo en Monstruo.

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