HAY UNA MENTIRA QUE ME HA CONVENCIDO PARA SIEMPRE Y ES QUE ESCRIBIR SIRVE DE ALGO

Ardidos

Hay algo de nieve en el valle.
He dormido muchas horas. Ahora busco los significados. Hay una agitación de una espiga y de una brizna de queroseno en el pétalo que mueve las manecillas. El libar del insecto, anda en los cuatro puntos cardinales a la vez, no distingue uno de otro.
Mi corazón da vueltas en el desierto en busca del coyote. Es mejor ahora que me quede hacia dentro del adentro un tiempo. Que hable con los perros y con los árboles. Que descanse de la vida exterior. Que sea sólo la naturaleza. Hay una lucha interior que tiene que desenredar mis huesos.  
Ayer cuando salí al monte, ocurrió algo extraño. Cuando entré a una pequeña isla entre árboles y arbustos cerca del río, empecé a sentir que entraba en la casita de un duende. Empecé a recordar mis vivencias del verano. Mi inocencia de locos. Empecé a recordar como si estuviera otra vez allí mi Laberinto del Fauno, y empecé a cantar un rara canción. Durante algún momento pensé que mi suerte y mi camino será el de los locos y que igual yo no lo puedo evitar, que no podré salir de allí. Y eso me puso contenta y me puso triste a la vez. Sentí un profundo amor en el chacra del vientre. Descubrí que mi sed de amor, y la armonía con mis otros yoes, se había compensado en la extravagancia del ardor de los trasgos. Y que si yo hubiera podido me hubiera quedado para siempre allí. Sentí mucha belleza y magia en los chopos, en los líquenes, en el río, y entré en trance. Me sentí como una niña. Ya no había en mí rastros de culpa o de seriedad o de introspección de dinamita. Ya no estaba tan obsesionada por la huesera. Sólo canturreaba.

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