HAY UNA MENTIRA QUE ME HA CONVENCIDO PARA SIEMPRE Y ES QUE ESCRIBIR SIRVE DE ALGO

Ardidos

He de echarme otra vez hacia el camino. Hacer un viaje. Buscar algún trabajo. Abrir espacios que también exterioricen la soledad del monte y la matrona-araña que canta entre callejuelas secretos del vino. 
He estado muy convulsa por la Polilla. Primero esas sensaciones de la asexualidad del crepúsculo, del motín contra Yoseba y los otros humanos. Del entramado de mi descenso sólo cerca de los árboles. Luego la exploración de mi doble naturaleza, a través del mordisco de Monstruo. Mi tendencia del radicalismo y utopía de Fauno que acaba también siendo carnívora de mi otro yo. Mi duelo. Mi soledad rodeada por el bunker de mi soledad hacia la isla del bosque. Esa isla más allá de la grieta. 
Me he movido a mucha velocidad en el pico de un cuervo y de una lagartija.  Y al extremizarme en mi mundo subterráneo también me crujió un hueso antagónico en mi cuerpo. Que ahora me pide agua y el corazón de los perros. El calor de los animales durmiendo en la rama de los árboles, graznando al soplo del viento.
Por eso ahora he de recoger desde la guía de la sombra de la noche, también al animal que vuelve, que a pesar de lo que cortó la distancia en su pecho, arriesga su garganta en el valle. Usar el rubor del Infra como un puente. Como esa otra articulación de polvo y salvia. Y no como la cólera de la herida, ni ese adiós de metralla. El viaje interior cruzó el desierto, muy cerca de los cadáveres y el canto de sus huesos-matriz, de sus huesos sombra de lobo. Pero es momento de nadar en el río.

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