HAY UNA MENTIRA QUE ME HA CONVENCIDO PARA SIEMPRE Y ES QUE ESCRIBIR SIRVE DE ALGO

Ardidos

He estado por el monte. Fue un viaje introspectivo que desveló en mi muchos sentires y otro tipo de idea de la verdad mucho más desanudada del lenguaje, más animal, más parte de la naturaleza que de una cultura. Fue un viaje muy hermoso.  Vi en dos ocasiones animales salvajes a lo lejos, pero no distinguí qué eran. A la vuelta en lugar de venir por el mismo camino, bajé hacia el arroyo, entre saltos y caminos de cabra. Hubo una profunda reconciliación en mi alma pero a la vez estaba en movimiento, abría zonas sombrías que dolían y volvían a buscar el bosque. El descenso y el regreso a mi casa, fue más dentro de la sombra del corro a través de sensaciones físico metafóricas, muy unidas a las profundidades más viscerales del yo, a las que están a medio camino entre los dos mundos. Me dio una especie de náusea y seguí adentrándome en esa zona que parece de peligro y extinción en busca del viaje, del ir, de la resistencia, del beso del fauno. Me di cuenta que esa zona tan pegada a lo infra siempre me ha provocado también una tensión evanescente que me aleja de la alegría. Que me hace caminar rodeada de cuervos, con los ojos muy hacia dentro incendiados, alimentados extrañamente por la tiniebla. Y reconocí esa tensión en mis emociones respecto a Yoseba, regresioné a mis propios sentires ermitaños a su lado, y junto a otros humanos. Y busqué el bosque. También en el camino de ascenso a la montaña, que era más vital... durante un instante me quedé observando a mi perro que iba delante y sentí un vínculo muy profundo con él, a la vez que yo seguía en mi viaje interno, y durante un instante hubo como la ascensión a una cumbre, a una verdad inefable, a algo muy hermoso que cerraba mis heridas, y el perro en ese momento se dio la vuelta y vino hacia mí, y yo tuve un insconciente rechazo, un temor a que me acariciara la luz del perro, el amor, en esa cumbre. Eso me hizo darme cuenta de las heridas de mi pecho. Y me hizo recordar también que cuando Yoseba y yo estamos contentos y místicos, enamorados, cuando algo de él me va a acariciar el corazón, inconscientemente también provoco un rechazo, una estampida de energías de medusa que se me retuercen en el nudo del pecho y que temen que él me ame. Y a su vez ese sentimiento también se abrió hacia las criaturas del bosque y el recuerdo de los arquetipos y metáforas del verano, esa sensación de que yo nunca me quedaba a descansar en el río, a amar el río, de que no confiaba, como si fuera todo una guerra. Y a lo largo del viaje introspectivo comprendí que tenía qué ver también con el Tigre y con esa piedra ensangrentada que ya es hora de cantar.

No hay comentarios:

Publicar un comentario