HAY UNA MENTIRA QUE ME HA CONVENCIDO PARA SIEMPRE Y ES QUE ESCRIBIR SIRVE DE ALGO

Ardidos

Hoy fue un día dual. Cuando estuve en el monte, sentí una belleza y una experiencia de la realidad muy salvaje y sagrada. Después discutí con él, yo no suelo hablar de mis sentimientos y le había expresado uno complejo que tenía qué ver con las sombras que rodean nuestra relación, él reaccionó a la defensiva, de forma egoista, y le dije que era mejor que corriera el aire entre nosotros, dando a entender que cada cuál siguiera su camino, que no nos acerquemos demasiado. Me puso algo triste esa tensión. Y me dormí y tuve un sueño muy rebelador donde la polilla tomaba lo suyo y yo permanecía en el bosque. Yo defiendo que cada uno debe lamerse sus heridas en el monte como los lobos y no usar el amor como un vendaje ni un medicamento porque eso sería una trampa para la naturaleza salvaje. Pero hay ciertas heridas que hay que atravesar juntos, aunque sólo sea unos segundos, es necesario esos segundos de mutuo reconocimiento. El lenguaje del alma a veces juega al escondite. Es necesario un segundo de trinchera en la noche oscura y mirar de frente al abismo del otro y abrir desnudas las manos y el corazón. Cuando el alma quiere hablar aunque use rodeos y literatura desde esa infra de las sombras comunes y el otro, genera su emboscada, es que esa historia está condenada al fracaso. Y eso es lo que yo sentí hoy. Yo abrí la vulnerabilidad de mi mariposa, algo del soliloquio de mis sentimientos más escondidos y dispuestos, y tres segundos después, eché afuera sus muros y cerrojos y cerré la puerta. Porque él no leyó mi corazón. Al final se trata de eso. Una relación sana, es en la que se puede hablar con el otro como se habla como un perro. En la que se puede jugar como se juega con un perro. En la que se pueden dejar las pupilas clavadas como en las pupilas de un perro. Yo soy bastante retorcida porque me pasé mucho tiempo hablando con el río, enfadada y desaparecida de los seres humanos. Yo a veces uso muchas trampas de escondite. De escafandras. De disimulo y fumar de montes y tierra de nadie. Pero a la vez, tengo una visceralidad que siempre me pone la sangre en la boca. Y cuando me arriesgo y recibo un viento muy frío, me voy con los perros. 

Alguna vez él y yo, éramos como dos perros, como dos venados, como dos tejones. Y por eso lo quise tanto. En aquél entonces hablábamos el lenguaje del alma. Sin armaduras. Sin sombras. Sin peros. Sueltos y libres. Hijos de la hierba y de la noche. En el placer de los cuerpos, en el silencio, con el hueso amarrado al bosque. 

Luego la sombra fue barriendo también para su río del olvido, recogiendo ciertas gotas de sangre y muertos que íbamos echando en la fiesta de nuestra felicidad.

Una relación real de animales que se aman, atraviesa obligatoriamente el río del olvido en busca de esos huesos que cayeron, aunque sea convertidos en murciélagos y momias o en raposas y muñecos de vudú, entonces salva el corazón del lobo. Salva al Fauno, y permanece, aunque ya nunca vuelva a tener una noción humana. 

Una relación que no se atreve a tocar a la muerte, es una mierda de relación que sólo valdrá para tomarse un whisky y escupir un hueso. 

Yo nunca tuve un amigo que viniera conmigo a la llamada de la muerte. Y yo siempre estaba pegada a la muerte. Yo no solí enfadarme por eso con mis amigos porque mi loba era egocentrista y mi niña perdida nunca había conocido a nadie, pero siempre que eso sucedió me volví puro Teatro y mi corazón perdió el interés, dejé entrar de nuevo la bruma, la doble cara de mi estepa, y sólo estuve ya a la hora de la cantina, con mi rata dadá pagando el trago y cerrando la puerta al salir.

Con Yoseba ahora estoy justo en ese sitio.



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