HAY UNA MENTIRA QUE ME HA CONVENCIDO PARA SIEMPRE Y ES QUE ESCRIBIR SIRVE DE ALGO

Ardidos

Hoy hace un día de primavera, de ir en mangas de camisa. Hay ese olor de hierba recien nacida, de armónicas de río despertando a las parras. De libar de los insectos. El salgueiro ya está en flor y las abejas vienen a beber. 
Algo ha cambiado en mí. Por las noches solía venir a hablarme la desolación y yo caía en extraños sentimientos y regresiones huérfanas, en un nudo abajo del abajo. Ahora me acecho a mí misma, y cuando siento que empieza a despertarse esa maquinaria de la destrucción, agarro el timón y me invoco sobre la mar. Voy cayendo al sueño desde esa tensión, y no en el abandono a los espectros de Comala. Esa lucha por la conciencia, poco a poco, empieza a dejarme contar conmigo, sin agujeros negros, sin nudos gordianos, sin focos de exterminio. Poco a poco, mi sentir, siente y no es equivocado, y no tengo que agarrarlo con dedos de acero ni con tumbas ni tijeras. Creo que al final eso es lo que devuelve la armonía y la sensación plena de espíritu. Sentir que toda la psique navega hacia el mismo lado. Pero conseguir esto en una ardua tarea. Porque yo tenía en mí la voz psicótica del arder de Troya. Porque tenía el secreto de la piedra ensangrentada. Porque tenía una antagonia en en la punta de la espada y en la pared. El infra había acumulado ciertas sombras. Su hambre empezó a hacerse objeto directo. En el rastro hacia el bosque, aquellos sumideros de lo inconsciente, se hicieron montruos. Se formularon otra vez cabos sueltos. Y una luz y una oscuridad clandestina que empezó a tirar la arquitectura de la casa por desvelarse. Por eso éstas últimas semanas han sido un viaje a lugares incómodos y heridos de mi naturaleza, un descubrimiento de verdades y de cicatrices sangrientas. Pero también la pasión por llegar al bosque.

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