HAY UNA MENTIRA QUE ME HA CONVENCIDO PARA SIEMPRE Y ES QUE ESCRIBIR SIRVE DE ALGO

Ardidos

La montaña está muy hermosa. Hay un viento frío que espeja los bodegones. Ensaliva extraños gemidos que fueron ocultos en los cajones por los que los años cerraron su gota de sangre clavándose en un pájaro de madera que te pia el alba a cambio de no mirar atrás. La mutación del verso, obligó a la momia a cavar la tierra y dormirse, donde la mar rompía las paredes, y la convulsión retorcía en el nervio un calendario imposible escribiendo una carta del pasado, a un ahogado del Sena. Es mejor que sea así. Dale un beso al réquiem del cuervo pero márchate enseguida. El río sigue manando estiércol recien nacido que relincha las luces de san telmo de cuerpo desnudo, tumbado en la hierba, como un bisturí de nubes que ruge la senda vírgen de los que no han traido nada hasta aquí.

Brincar y quitarse de encima el amasijo de historias borradas que andó nuestra historia, y todos esos velorios que retorcieron inútilmente un poema de permanencia. Moverse muy rápido. Nadar en las aguas de abril. Zurzir en el telar, el beso de la araña. Beber las raíces con la lengua que se levanta hacia los brazos del Sol. E irse. Es preciso irse. Hoy lo sé. Es en lo desconocido donde se formula el parto del agua. La herida debe nutrir el canto de los tilos. Su desesperación en un lapicero de una liebre, mecer al valle, al pasto de crepúsculo y secar la sal sobre el viento que tira otra vez las tejas, hunde las puertas y obliga a vagabundear y cosechar la música, donde el pensamiento no se reconozca.

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