HAY UNA MENTIRA QUE ME HA CONVENCIDO PARA SIEMPRE Y ES QUE ESCRIBIR SIRVE DE ALGO

Ardidos

Llego ahora a casa. Me abro una cerveza. Estuve algo estresada en el ginecólogo. Con sus preguntas. Con la sala de espera. Con esa sensación del prejuicio por mi historial médico, esa frialdad con cara de berruga. Esa información silenciosa, su forma de mirarme. Con muchas ganas de llegar al monte, despatarrarme de naturaleza, escupir, ladrar. No soporto demasiado tiempo el insconsciente colectivo de lo cívico, el gusano que se mueve entre ellos, el hedor de la fábrica, de la caja registradora, del ambientador. Esa migraña de los tubos de escape, de las señales, de las cremas y escaparates, del rebaño, de su supuesta pulcritud y ética, su enferma ley y paz, en un mundo lleno de mierda contra la justicia, contra lo colectivo, contra lo diferente, contra la tierra y sus animales, contra la libertad.

Ahora me queda todavía el rollo del dentista. Coger la carretera, irme al monte, y no volver a no ser que sea algo de extrema urgencia. Yo quiero vivir con los murciélagos y los sapos, con los venados, los gansos, los árboles, las piedras, y el olvido.

Ya le he dicho a mi viejo que no volveré. Era él el motivo que me hacía volver. Le he dicho que venga él a verme.

Voy a empezar a plantar árboles en los prados del pueblo. Voy a ir a ver a T. para montar a caballo. A bañarme en el río. A cubrirme con hojas. A pegarle un tiro al espejo de la humanidad y nunca volver a asomarme. A encresparme cucarachas en el pelo. Pozas de rana y musgo. Líquenes. Silbatos y guitarras de río. Hacer collage, pinturas, hombres de hojalata, vídeos del ácaro, de la araña, de la marabunta. A ahorcarme los treinta años en la tierra junto a los ciervos. A comer hierba y fumar luna. A jamás volver. A no escuchar sus malos pensamientos, tener muy lejos sus coberturas, sus controles, sus gobiernos, el calor de sus casas, el plástico quemado de sus velorios y de sus fiestas, sus hospitales, sus catedrales. Prefiero vivir y morir, como un jabalí, como un puma, como un gato sin dueño, como el silencio del rocío, como un poema jamás escrito.

Yo no quiero que nadie me conecte con su caja. Cuando mi familia y mis seres queridos me traen el recuerdo de toda esa mierda, mi corazón ciaboga y sufre. Yo prefiero que me hablen los hierbajos. Que ellos marquen el ritmo. Que me hablen las piedras, las mierdas de la vaca, el cardo. 

He perdido mucho tiempo, creyendo que yo deseaba volver a cierta noción del amor y de la taberna. Pero yo no quiero volver jamás. Yo quiero agarrar la velocidad del cierzo, de la lombriz, del arbusto, y quedarme arrodillada a sus pies, bebiendo el sol por mis agujeros. 

Yo no quiero ni un novio, ni un trabajo, ni un futuro entre los humanos.
Yo no quiero sus ropas, ni sus poblados, ni sus nostalgias, ni sus guerras, ni sus paces, ni sus fiestas, ni sus cementerios.  Ni su historia, ni su antropología, ni su basura. Ni su idioma. 

Yo quiero volar con los perros vagabundos.
Encarnarme en la estrella que se marcha.
Llorar tierra y verde.
Reir tierra y verde.
Unirme al insecto, a la lagartija, a las procesionarias de los pinos. 
Al amor mamífero de los esdrújulos, de los maniacos, de los desheredados, de los que jamás tendrán ni futuro ni nombre.

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