HAY UNA MENTIRA QUE ME HA CONVENCIDO PARA SIEMPRE Y ES QUE ESCRIBIR SIRVE DE ALGO

Ardidos

Lo decía muy retorcidamente. Porque lo decía con la gravedad de mi sombrero acuchillado en lo versatil de la sombra.
Era irse. Atardecer la lumbre. Soltar las botas. Echarlas al fuego. Prender desde las cenizas la articulación del anacoluto y entrar. La noción humana nunca dio para mucho.
Mi falda estaba hecha hilos de polvo. Tu cáliz, bebió mi sangre, cuando ese apretar de nuestros cuerpos era aullar la distancia del astro. Tragar arena. Expulsar gorriones. El tiempo se moría irremediablemente. Me drogaste con tu manera de crujir mis cerillas. Yo no tenía nada mejor qué hacer. La muerte no tenía un poema. La vida no tenía patria. Tus cantinas alumbraban los suelos desparramados del escalón de la gaviota. El puerto, nos deportaba. Me gustaba hacerlo contigo dentro. Creía llegar desde tu cuerpo a la cavernaria hoguera de un árbol de sangre. El poema siempre articuló una escaramuza, un pretexto para ocultarse, para repartirse, para no entregarse del todo, para no soportar los relojes ni las ceremonias. Y entre tus brazos, me agitó el cierzo sobre el clandestino humus de algo nunca hablado. Yo quise entrar más. Tus ojos horadaron en mis lienzos, casas destruidas que alzaban el monte. Yo sólo quería ser monte. Yo sólo quería ser la grieta de las brasas. Lo errático que tomamos el uno del otro, apostilló la obra, sobre la eterna fuga. Éramos bandoleros de la historia fusilada en un marcapasos. Mi rota esperanza de vida, se alargaba en tu boca. Extendía su mano de trapo y gasolina, y los mirlos volvían a mi pecho. No sé si sólo fue un cuento. No sé nunca quién eres. Mis naipes caen en tu habitación. Tus manos me quitan siempre las máscaras, la moral, el ego, el calor del hogar, el porvenir, el nombre. Tu cuerpo me alumbra donde la tierra no me sostiene.

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