HAY UNA MENTIRA QUE ME HA CONVENCIDO PARA SIEMPRE Y ES QUE ESCRIBIR SIRVE DE ALGO

Ardidos

Recordé que soñé con el Thor. Me acarició una montaña. Algo muy ardiente en mi corazón al recordar lejanamente el sueño.

He estado en una especie de trance, hacia la aceptación de los rasguños y desaires y cantos de todo mi ser. Algo desde el vientre, y el corazón y el cerebro. Algo que tenía que lucharse por rozarme y sostenerme. Siento desde hace unos días una extraña energía de guerra. Algo que no me deja cantar. Algo que no me deja ser naturalemente. Una pelea en el soliloquio y a la vez algo que se da desde otro tipo de fuerzas de lenguaje y percepción.  Sé que es parte de la metamorfosis. He andado cavando hacia el descenso. Y creo que es momento de empezar a subir la montaña. Empezar a acumular los rastros de mi animal libre. Todos los instantes de mi vida donde yo acabé en su cuerpo, en su destino, en su sentido salvaje del Ir. 

Llevo unos cuántos días regresionando a los lugares donde mi psique sufría su pérdida, su secuestro, la enfermedad, la desesperación, la amputación, el infierno. He ido en busca del hálito de la huesera. Pero en esos ciclos, siempre acabó gobernándome mi animal salvaje. Aunque en aquella épocas sólo estuviera sostenida hacia él por un poema desesperado, todos los pasos, fueron hacia su monte. Y creo que para que haya en mí un reconocimiento y liberación de mi naturaleza y mi cuerpo, es momento de incluir en las regresiones los ciclos que me fueron encaminando hacia sus riscos. Sus cantos. Las formas en las que ella venía a buscarme. Los instantes donde dormí en su cueva. Los instantes donde la mar me habló desde sus ojos. 

A través de mi piedra ensangrentada, he vivido durante todos estos días, la supuración de la herida de mi animal. Las vivencias lejos de su verbo. El conocimiento sesgado y abisal que mi inconsciente acumuló en su río del espanto.  Tal vez aquellos comandos del camino de lo salvaje, entre atolladeros y prisiones, eran también obligatorios en el avanzar del animal y la llegada de la Polilla Negra. Comprender los ciclos, acaba en el reconocimiento de su persistencia y su fuego interno, en el conocimiento de la muerte como cosecha. En la furia del animal por volver a galopar libre y llevarnos a casa.

He descubierto en el abajo de mi abajo, una herida, tal vez provocada por el exilio, tanto interior como exterior y la dualidad de Alicia, una herida que me impedía agarrar mis propias manos y tomar el tambor sabiendo que el tambor estaba de derecho en mi cuerpo.  Y eso es lo que ahora quiero cambiar. Necesito ese amor propio que me espeje en el bosque como parte del bosque. Que me sienta hermana de las hierbas y de los animales. Que acabe con una vez de esa sensación de llevar un aqueronte también en mi psique, algo demoniaco en mi cuerpo.

Todos estos días, aunque cantara en mi la montaña. También había una fuerza muy oscura, acorralándome en una constante ansiedad. En esa sensación de ser yo la intrusa. La antagónica. Clavándome hacia la sangre de mi piedra, mientras me forzaba hacia la Polilla y hacia el Infra. 

Y ahora es momento de subir. De volver al canto. De regresionar a todas las canciones que amaron la selva y a todos los latidos que en mi vida, tiraron muros por bailar desnuda y libre en ella.

Siempre que me sumergí en mis infiernos. Permaneció en mi interior el territorio de mi animal. Fue ese animal el único que decidió mis pasos. En los anagramas de mi vida y su cuento, aunque alguna vez tuviera que vivir como una exiliada, andrajosa y ratuna, de mi aire. Aunque tuviera que vivir bajo rocas y fango. Aunque conociera la muerte de mi yo contra mi yo, y alguna vez cantara también contra la vida en esa desesperación de sentir a mi animal aniquilado. Fueron sus rastros, los que me devolvieron a la batalla y al sueño de quedarme alguna vez para siempre en sus lomos. Fue la sombra de ayahuaska que me perseguía desde su aullido, aunque la lectura en algunos momentos de mi pasado viniera entre una pesadilla y un lejano ensueño de petricor y árboles que danzaban. Aunque alguna vez viviera en el hambre y en la ausencia que vuelve loca al corazón y a la psique. Aunque cayera mucho más abajo que los reptiles y que los gusanos, en esa búsqueda desesperada de buscar el camino cuando el animal estaba demasiado lejos. Fue mi animal salvaje siempre una resistencia y un abordaje y una trinchera, hacia su monte.

No hay comentarios:

Publicar un comentario