HAY UNA MENTIRA QUE ME HA CONVENCIDO PARA SIEMPRE Y ES QUE ESCRIBIR SIRVE DE ALGO

Ardidos

Son tiempos de perderme en el monte. De introspección. De abrir mi ventana a la naturaleza y a la noche. De perder mis ojos, tras los ojos de las bestias. Mi marginalidad y mi teatro, me hizo tolerante al olvido, a la incomprensión, a cierto maltrato. Mi camino siempre estuvo en los insomnios de mis poemas. Yo me agarré con los picos de las estrellas mi soledad entre los hombres. Caminé sola hasta que se congelaron mis manos. Y fue el fuego del bosque, el que les devolvió la carne. Con Yoseba yo jugué al amor que nunca había conocido. Y mis manos poco a poco fueron otra vez cubriéndose de hielo. Por eso yo me iré de él. No sé de qué manera. Será la que me dicte el bosque. Mi extraterrestre ha vuelto a amotinarse en mi pecho. Mi camino de la estepa ha vuelto a abrir mi gruta hacia el bosque. Yo dejaré ésta vez a los muertos en su sitio. No arrastraré en mi esquizo-velorio ranas alucinógenas. O eso espero. Mi rata-dadá a veces echa ingredientes al puchero cuando yo no miro. Él no conoce mi alma. Él no sabe lo que yo escribo, ni lo que me hace temblar, ni estremecerme. Él tiene los prejuicios de no haber entrado demasiado en el Bosque. Por eso, mi espíritu ya no crece a su lado en la noción de éste invierno. Él en todo caso, crece en la noción del experimento del duende. Del duelo y pelea del Tigre. De la sordidez de las capas subconscientes de mi piedra de fuego. Él cumplió la selva, cuando tocó la selva. Me dio sueños de pájaros de otro mundo, cuando yo estaba en el éter. Me revivió mi corazón humano cuando yo quería quedarme sólo con Monstruo. Me ayudó a conocer la psicomotriz de mi ataúd y de mi niña perdida. Me hizo reír. Me hizo volar de placer. Fue un buen amigo en el infierno, en el barco pirata, entre los jabalíes.  Pero ahora hay una energía oscura que se reconoce con un rayo en mi pecho. Que ha venido también formulándose todo éste tiempo debajo de la cama. Yo estaba cargándola sobre mi náusea de la grieta y eso me dio muchos secretos. Pero la polilla se puso boca arriba y ahora la lectura trae a la muerte en los labios de la huesera. Es preferible estar acompañado sólo del monte y de los perros que ceder un cacho del bosque a una compañía que apaga el fuego. Él hace que mi verdadera voz, vuelva a cubrirse con el disfraz y la sangre de la araña y a irse muy lejos. Tal vez un día le bese vino tinto por ser también un ladrón. Mi loba siempre agradece el destierro y el cuchillo. Tal vez un día le quiera más por no haberme amado, por no haberme derretido el hielo ni haberme buscado los ojos, ni haber separado el barro de mi piel, ni haberme seguido cuando mi corazón era un cometa de ceniza y estallaba la gota de sangre de la kamikaze golondrina. Mi lado izquierdo siempre agradece, el cuchillo que lo abre y me empuja allí. 
Ahora yo busco la mejor forma de enterrar los muertos y salvar la risa y estar más dentro del bosque. No es algo triste, porque es algo que da vida a la huesera.

Ya no me apetece emborracharme a su lado y follar como dos volcanes la indigencia de la luna. Mis ciclos han cambiado.  Él nunca se enteró de nada. Porque yo a él nunca le enseñé mis cuadernos, ni mis cicatrices, ni lo que aprendí del monte. Intenté enseñarle mi corazón, abrirle todos mis huesos, pero había un agujerito de ratón que nos hacía el delirio del mezcal. Y vi un cuervo que habló de un viaje mucho más lejano que yo debería hacer cruzando otra vez mi desierto. En sus ojos encontré una pared. En su manera de no oirme, de no besarme, de no reconocerme, encontré el grito de Monstruo llevándome a su abismo para que yo regresara al Bosque.  En la herida de mi corazón, vi al Fauno, diciéndome que sólo él podría llenarla.

Yo ya no quiero, perder la cobertura en un colchón lleno de botellas y de gemidos animales. Ya no quiero despertarme desnuda a su lado, con una resaca que me hace soñar con que la Baba Yagá me apuñala el pecho y me llevan los alienígenas detrás de una rata a buscar el sol. Yo ya no quiero extralimitar mis experimentos humanos, mis yoes-sociales, mi chingada de haber nacido sin semejantes, en el fuego de los malditos, ni el bucle de la niña perdida atada con cuerdas a una nave espacial. Yo ya no quiero experimentar la perdición y el vicio de la deriva y la indigencia. Ya lo he experimentado hasta la locura y el infierno, muchas veces. Ahora vuelvo a vestirme con mi perro negro y mi dama blanca. Ahora voy al Bosque.

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