HAY UNA MENTIRA QUE ME HA CONVENCIDO PARA SIEMPRE Y ES QUE ESCRIBIR SIRVE DE ALGO

Ardidos

Una urraca vuela ahí afuera. La urraca esconde un piano hecho con caracolas en un viejo mar que dejó fósiles en la montaña y su cuerpo dentro de los árboles.
Qué díficil se vuelve mirar, cuando el país se ha olvidado de escuchar a los animales y a las hierbas. Habrá que ir con el estigma de la locura, como un canto de ballena, como cuernos de fuego a la trompeta de la luna. Como la piojosa soledad del tumulto del cantar de la bruma, llena de vida, aunque todos ellos sólo señalen sus tumbas.
Es díficil contar el cuento sino a las piedras y al río que nos lo cuentan. Porque entre ellos el corazón es un loco, y sólo porque es un loco, canta. Porque se va, se va al Bosque. Porque sus heridas son las legañas del río. Porque su motín en un mono que nace. Porque su pena, es el amor del agua. Porque todos estamos locos pero sólo los locos se atreven a correr el telón y entrar en la montaña. 
Porque gané mi pulso, en la moraleja de un rata, cuando no había suelo ni tierra a la vista. Porque la mandrágora tiñó mi piel con la mar que busco. Porque el descanso, sólo es un rato, cuando el Bosque nos mece, como extraños pasadizos de la nada brotando en su jardín un canto de nadie y de estrellas. Porque luego volveremos a veces oscuros a separar en el asfalto la tierra perdida de la flor. Y el dolor y la alegría, en el mismo canuto, orquídean devenir de duende en lo desconocido. Y el abismo de la mente marciana hilvana, entre los mundos, la ruina y el barco. Ahora sólo quiero que los árboles me lleven donde su lluvia forma las nubes de mi voz y de mi paso de aire. Quedarme un rato entre sus ramas aunque tenga luego que volver a morir de sus brazos. Aunque tenga que volver a caer como poema boca abajo hacia la fiereza de lo que huye.

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