HAY UNA MENTIRA QUE ME HA CONVENCIDO PARA SIEMPRE Y ES QUE ESCRIBIR SIRVE DE ALGO

Ardidos

Vengo del río. Son instantes de metamorfosis a través de la conciencia del sufrimiento. Instantes de dudas. Movimientos violentos de agua. Espera. Resistencia en la bruma. Llegar malherida a los dedos del río, gritar en la literatura del silencio, avanzar a ciegas hacia el bosque. En la naturaleza hay un soliloquio líquido que me derrama en su atmósfera. Algo que se desprende de mí a navajazos, algo que me leé el interior de la maleza con mazazos en mis sien. Algo que ya no es igual en mi corazón respecto a mi vida. Se recoge entre las ramas, desea acabarse con furia para percutir en la vida del fauno y no en mi pecho.
Camino introspectiva. Me asombra el insecto, la agitación inefable de mis rincones oníricos, en mi desfiladero, en mi orilla. Me quedo muy callada mirando el río. Busco a Gran Espíritu. Sé lo extraordinario aunque ahora no pueda verlo.

Estoy cansada de la sombra del corro de la bruja. De mi participio. De mi experiencia. De mi yo y sus heridas. Estoy cansada de la peremne tristeza de ciertos huecos abiertos a cuchilladas en mi pecho. Sé que en el fondo sólo es mi pretexto, un muro de mi noción, el teatro en el que me moví, sus trampas, sus duelos. La vida está mucho más allá de lo que pueda filtrar mi sentir y mi pensar. La hechura sólo es un cacho de cubismo. Si vas por ahí cargando el esqueleto, la mano ocupada no te dejará relinchar el viento.

Quiero irme con las hierbas. Que ellas escriban en mis sentidos nuevas sinestesias y palabras. Que no me espere al doblar la esquina. Que no vaya ya con mi corazón desheredado a vaciar las cantinas. Que no sea más condicionante el sumidero de los versos digeridos en el verbo, ni en la hoguera. Que no sea yo más veces ese clavo ardiendo en el pomo de la puerta. Ya no quiero seguir la trama de lo perdido. Ni la caza de mi hueso extraviado. Quiero expulsarlo, quiero expulsarme, crinar en la montaña, ser mirada en ella, que mi pensamiento empiece y acabe en ella. Ya no quiero alimentar mis secretos y mis cabarets. Ya no quiero ir con ese fuera de campo al acecho de los desiertos cuando se trata de amar o de moverse o de irse.  Ya no quiero, la noción de ex-psiquiatrizada ni el saber de aquellos moratones, ni mi humo de alas contra el manicomio, ni la tumba, ni los narcisos. Ni el tanteo de la cucaracha de Kavka. Ni mi canción del alcohólico desamor peremne. Ni mi lágrima de cristales entre la rosa de jericó. O muérdago de sapito. Ya no me interesa mi pasado. Ya no cumple mi forma de llamar al Sol. Sólo genera un bucle. Sólo genera un estribillo mortal en la metáfora. Yo no seguiré mi sombra. Yo no le haré ofrendas ni le abriré templos ni réquiems. Sé que en el fondo yo soy éter, no soy mis circunstancias, no soy lo que me dictó el cuchillo ni la luz. No soy lo que me recorrió la cultura ni la otredad. No soy lo que dijo ni el espejo, ni la piedra, ni el camino. Soy el sueño del fauno. 

Ya no quiero acumular botellas de ginebra para cantarle a la luna su desfachatez ni sus malos entendidos.
Ya no quiero el remilgo del verso del tanatorio. Ni la sobreprotección del fusil o la casa quemada. Ya no quiero justificarme a través de las calaveras. Ya no quiero llevar por ahí mis heridas como tinte del disfraz, ni como yerba del diablo.  Ya no quiero el puto autoanálisis del pez mordiéndose la cola y escupiendo su espina. Ya no quiero volver a los lugares en los que amé la vida, ni a los que la dolí. No quiero volver a ningún sitio. No quiero ser los puntos suspensivos de mi estómago, ni del agujero de mi corazón. No quiero acumular las huellas. Ni ser esclava de mí misma. 

Me da igual si alguna vez viví con la conexión neuronal del rayo, de la heroina, o del escarabajo. Me da igual si alguna vez perdí sangre y motivos atada a una cama del manicomio. Si me comieron los gusanos. Me da igual la serenata a la que fui con el vino tinto, o en esos labios de amor, o en esos otros labios de cementerio. Que se joda lo marchado. Que todo se marche. Que empiece sólo la vida, en lo que aún no ha ocurrido, en lo impensable, en el Infinito. 

Es muy cansado arrastrarse por ahí como un animal de los escombros. Es muy cansado acumular poemas en el corazón. Eso es lo que nos mata. Prevenirse. Sumarse. Curarse. Exorcizarse. Drenarse. Escupirse. Moldearse. Concienciarse. Trabajarse. Prepararse. Eso es una mierda que nos impide vivir la magia que realmente somos y es la vida. Andar siempre sujetando un cuchillo, un papel, una duda, un agujero de gusano, un bucle metafísico y su espejo que en el fondo refleja al Monstruo, y no a nosotros. La vida de cada uno, sólo es Teatro. Y es muy cansado tomárselo a pecho y a la guerra. Es terrible andar por ahí queriendo salvar los huesos y la palabra. Hay que aullarlos. Hay que echarlos en jauría y que vuelen con el viento y nos dejen de una vez con los animales salvajes, en el Bosque.

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