Ardidos

Ya he vuelto. He parado sólo un rato. Fue un rato agradable, al pio pio. Y al irme lo más rapido que pueda. Yoseba y yo, vamos a pintar la casa. La mitad de la casa está deshabitada. Tal vez llevemos alguna cama de mi casa para allá.  La casa tiene alguna avería de la luz, falta de muebles, algún cristal roto. Como yo fui al croac croac y al irme, lo dejé todo en el aire y a la sidra. Ellos vendrán a primeros de mayo. Y creo que todo estará todavía medio desmantelado. 

Mi forma del croac croac e irme. Lo hago también con Yoseba. Lo hago con todos los humanos. Todo me parece bien, besado por un poema vagabundo. Yo recojo mis juncos y me echo al río. Yo no fado. No pido. Tomo el humo, me recojo en el humo, me voy siempre sola. No expreso mis sentimientos. No me siento igual a igual. Tengo una hermana lagartija y un pato. Un vuelo de marihuana. Un escarabajo rojo. Un adiós miña terra. Me entrego porque en realidad nunca me entrego. Oculto siempre el naipe y el órdago del beleño. Una muñeca de tiza en un pentagrama de sangre. Una soledad que nunca se va con otro. 

Me parece todo bien. Me parece bien cuando él es un cínico, cuando es un arrogante, cuando me desoye, cuando es un idiota, cuando es bello, cuando es medio cuervo y medio rata. Cuando se va. Cuando viene. Cuando lo quiero, cuando no lo quiero. Cuando me da frío, cuando me da mezcal. Cuando no me da nada. 

Yo carezco del orgullo y de las haciendas de lo humano y su corazón. Mi orgullo es del perro negro. Mi corazón es el del gorrión y el del lobo. Por eso siempre hay una lejanía con los humanos. La reciprocridad me la da un duende, el mar, un árbol, lo que calla la noche, lo que desvela a la que escribe.

Yo soy como un viento de vacío entre los humanos, como una estatua de arena encima de un mástil. Como la madre-ramera. Como el olvido. Como la lengua de la caracola. El laberinto del Fauno, me protege con un poema de fuego haciendo un jeroglífico entre mi adentro y mi afuera. Yo siempre me relaciono a través de una metáfora que arde. Entre el adentro y el afuera, hay un monstruo del bosque. Por eso nadie llega adentro y yo nunca llego del todo afuera. 

Con Yoseba yo actúo muchas veces como la ramera de la mandrágora. Como el alfil del etanol. Como el caballo del queroseno. Como la flor de primavera siempre viuda. Como un mono hecho con hierbas y ramas. Como mi parentesco con mi madre-muerte y mi siempre adiós. Yo no me escandalizo. Yo no pongo mi casa en medio. Yo no pido el amor, ni la palabra, ni la luna. Yo no pongo mi corazón en la mesa, entre el cuchillo y el mar. Yo tengo mi corazón mordido en el Fauno. Yo siempre me marcho. Y aunque por dentro llore y grite por conocer lo que es quedarse, lo que es tocar de veras a otro humano el Fauno siempre me lleva con él.

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