HAY UNA MENTIRA QUE ME HA CONVENCIDO PARA SIEMPRE Y ES QUE ESCRIBIR SIRVE DE ALGO

Ardidos

Él y yo, empezamos hablando con los cuerpos y con sus animales. Las palabras sólo eran producto del hastío y del disimulo. Un inconveniente. Un tropiezo. Un error cualquiera. Una distancia irremediable entre nosotros. Un mutuo prejuicio. Un motivo para la guerra. En cambio nuestros cuerpos sí saben amarse, descifrarse, guiarse hacia el magma y el éxtasis, contenerse, golpearse, sumergirse, crepitarse y volar, morir y renacer, explotar, cantar, arder.. 
Las palabras entre nosotros siguen siendo un motín y un teatro. Por eso no nos hacemos caso entre las palabras. Las utilizamos por la inercia de haber sido sociabilizados. Pero ellas no nos desnudan y nos entregan. Ellas nos disfrazan y nos posicionan a cada cuál en celo con sus lobos. Ellas no sirven para comprendernos, sino para descomprendernos, no sirven para acercarnos, sino para separarnos. Lo que a nosotros nos une, es el diccionario de los cuerpos, del fuego de la luna, del ardor del abstracto, lo salvaje.  Entre las palabras somos dos animales de distintas especies.  Pero en el fuego, los dos somos fuego que retumba el Infinito.

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