HAY UNA MENTIRA QUE ME HA CONVENCIDO PARA SIEMPRE Y ES QUE ESCRIBIR SIRVE DE ALGO

Ardidos

Ha empezado a tronar. Se cubrió todo el cielo. Yo estoy entrando en celo. Empezó a ocurrirme en mi ciclo de luna. Una sensación de fotosíntesis de belladona. De ansia de vino tinto. De constelaciones retumbando en el fondo del hueso. Donde un animal relincha y aulla. Nadie habla por ahí del celo de los humanos, lo dejan como algo exclusivo del reino animal. Pero los humanos también lo tenemos. Yo no conozco los mecanismos de los otros humanos, porque no suelen hablar sobre ellos y también porque no hablo con casi nadie. Pero conozco los míos. Yo me suelo poner violenta, me acaricia otra musa en la poesía y en el fondo de mi soliloquio me retumba Marte. Cambia la química de mi etereidad. Cambia la canción de fondo de mi abstracción y mi relación con la naturaleza. Algo muy sutil e inefable, me clava adentro el licor que se bebía Diógenes. Y me hago más vaporosa y hambrienta y sanguínea. Empiezo a buscar el fuego del dadá. Empieza a abrirme cauce una catarsis. Un instinto de fuego. Una rabia contra la civilización y el existencialismo y la metafísica. Empiezo a beber más alcohol. A comer menos. A abrir más los ojos. Y a caminar sintiendo que llevo adentro una jauría.

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