HAY UNA MENTIRA QUE ME HA CONVENCIDO PARA SIEMPRE Y ES QUE ESCRIBIR SIRVE DE ALGO

Ardidos

yo fea

La casa está hecha un caos. Hoy la limpiaré un poco porque mañana cojo el tren. Tengo muchos nudos en mi pelo que también me pondré a desenredar. Me quitaré los harapos y buscaré ropa bonita. Como una cabaretista del burdel. Me vestiré para la ocasión. En el fondo ese rito social, es una hipocresía y una prostitución. Es un juego de apariencias. Nacido de una tiranía cultural, de un prejuicio, de un patriarcado, de un gobierno exterior, de un molde, del limar de la caja de madera.  El hábitat natural de nuestro cuerpo es otro que nunca se ajusta a la sociedad, tiene su propio y ritmo y lujuria y fuego anarquista. No se adapta ni al rol de géneros, ni a la educación y moral consensuada por otros que albergan el poder.  La libertad de los cuerpos es maltratada por el capitalismo. Es depilada, legislada, puesta a dieta, condenada a la represión y al hambre, por el inconsciente colectivo de una inquisidora belleza y ética de consumo.
Yo he sido un cuerpo fransquesteizado. Mi gordura, mi bigote, mis pelos de lobo, mi sentarme con las piernas abiertas, mi escupir, mi olor a perro y a hierba. La fealdad no es innata a nuestro cuerpo. Es un agente cultural. La fealdad y la belleza no existe en la naturaleza. La naturaleza es salvaje y libre y mucho más profunda. Pero el agente cultural nos domestica y nos encuadra . Cuando yo era niña, fui señalada por otros como un monstruo y yo me subí a los hombros del monstruo y empecé a oler a monstruo. Yo no gustaba a los niños, yo no gustaba a las niñas, yo gustaba al mar y a los bichos. Yo era demasiado fea. Y empecé a creerme cada vez más fea. Nadie me regalaba flores. Nadie me besaba. Nadie moría por mí. La fealdad fue un estigma. Mi monstruo era mi mejor amigo, mi único verdadero amigo. Cuando eres niñx, eres mucho más vulnerable. Cuando a un niño le marginan por ser lo que es, le condenan por ser lo que es. Ese niño siempre será feo. Las capas del inconsciente que lo señalan como un piojoso, siempre se quedarán en la blandura del cerebro. Y entonces habrá que llevar la fealdad como un carro de combate. 
Mi relación con la fealdad sigue todavía en mí. Mi subconsciente me sigue enviando lo que en mi infancia me causaba sufrimiento a través de los ojos de otros humanos, aunque de otra manera. Mi monstruo sigue a mi lado. Ahora me la pela casi siempre. Pero de alguna manera, el amor nunca me llega por la noción arrebatada del amor social de mi infancia.. Yo he sido su enfermedad, su callejón, su fango. Yo he crecido sin el amor. Mi idea del amor es un aquelarre de lobos psicóticos y de brujas que follan con satanás. Es una catarsis de monstruos, de marginados, de esquizoides duendes de la gasolina. De lujuria y de vuelos de absenta de un hoguera cósmica. De ritos animales y obsesos por el Fauno y la Luna. 
Yo siempre seré un monstruo. Porque en el desarrollo de mi conciencia en la infancia y en la adolescencia, elegí el camino del monstruo y toda la gente que nunca me besó, desarrolló empíricamente el fuego del monstruo. 
Por eso yo he tocar el punto G del monstruo. Beber su whisky. Echar su baile de carne fuera del esqueleto. Su gruñido. Su olor a perro. Su amor animal. Su anticivismo. Porque esa es mi erótica y mi sensualidad. Yo no soy femenina. No soy novia de un ser humano. No soy seducción. No soy objeto de deseo. Lo que me da gozo y libertad, es mi monstruo ebrio de orgasmo y de anarquía. Mi lujuria de alienígena. Mi fealdad liberada. Mi destierro al vuelo chamánico de los anacolutos.

No hay comentarios:

Publicar un comentario