HAY UNA MENTIRA QUE ME HA CONVENCIDO PARA SIEMPRE Y ES QUE ESCRIBIR SIRVE DE ALGO

Ardidos

Por las noches, a veces siento a los muertos. Es algo extraño que ya me ha pasado varias veces, primero noto un estado de alarma inconsciente, como un arrebato que me llega como un crujido de energía en mi oido. Y después suena durante un par de segundos el agua del radiador. Pero la calefacción está apagada.  También a veces después del crujido de alarma, se oye un interruptor como si alguien encendiera la luz. Cuando suele ocurrir eso, yo ya estoy medio durmiéndome, en un soliloquio de mandrágora y de cartón. Eso me espeluzna un poco la piel y la sensación de la existencia. Y yo me quedo remando en un mar de niebla hasta que me duermo. Los sonidos siempre suelen llegar en una frecuencia similar de mi soliloquio. Cuando estoy tocando ciertos lugares de lo abstracto. Eso hace que me llegue como una sincronía y que me espeluzne aún más.

Me acostumbro a convivir con el cuervo de Poe y con lo extraño. Hay algo en mi relación con lo inefable que siempre está colgado por una tripa de fuego. Una especie de ley inconsciente e incendiada. Que tal vez se quedó en mí por la datura. Cuando estoy en la naturaleza también me pasa, cuando veo cierto escarabajo, cuando mi subconsciente se abre al cruzar por un zarzal y de pronto me viene una visión, un recuerdo indecible, un aullido. También me ocurre hacia la alegría. Cuando en cierto momento de mi instrospección cruza una cigüeña o salta una trucha, o sale el sol entre las nubes, o me azota el viento o me viene una visión o una regresión del alma y del fuego del corazón.

Ese tipo de alambradas oceánicas. Es parte de lo que me rige. Ese hilo invisible y cubista, con el estremecimiento a través de lo más abstracto es lo que me provoca el verbo y la visceralidad. Es una hipersensibilidad de la que yo no puedo escapar. Son las gafas de Alicia y su jeringuilla y manos en el mar. A veces puede llevarme al infierno y a veces al paraiso. Es un radar telepático de lluvia y de volcán. Es una relación profunda con lo inconsciente. Y cierta zona de la conciencia que interactua con lo exterior como una alfombra mágica y como un río de fuego.

En esos límites, vive el ardor psicótico.

Yo siempre que he entrado en la hoguera psicótica ha sido cuando me he quedado a vivir en lo inefable. Cuando he abierto mis poros y mis tímpanos y mi sonido y mi huella, en esa frontera del éter. Cuando he querido avanzar mucho más allí dentro. Cuando me quedé sostenida por mi cordón umbilical de dinamita y vaho. Eso provoca mucho placer y amor interno. Porque todo empieza a cuajar adentro. Es algo orgiástico porque el alma respira y vuela. Porque su zona oculta, ya no es oculta. Porque la relación con la música de la muerte y de lo desconocido, del humus, se hace empírica y navegable. Porque ya no hay represión. Porque todo se puede cantar. Porque desaparece el miedo y la censura psíquica. Cuando he entrado en ese lugar, mi poesía, ya no era poesía, era una realidad totalitaria. Mis metáforas estaban vivas. El inconsciente que las había hecho nacer, subía a la superficie y era mi casa y mi barco.  Todos los resquicios de mi psique, se movían y retumbaban un orgiástico vuelo. Se ponía delante lo que la cicatriz guardaba tras su espalda. La sombra ya no era maldita, era un laboratorio para echar duende y exorcizarse en la belleza del Sol.

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