HAY UNA MENTIRA QUE ME HA CONVENCIDO PARA SIEMPRE Y ES QUE ESCRIBIR SIRVE DE ALGO

Ardidos

Tengo ya que ir dejando de escribir. Van a venir ellos a buscar al perro. A prestarme algo de parné. Tengo que ducharme, preparar la mochila. Estos días he estado en la relatividad de los cangrejos ermitaños chubasqueando las crestas de las olas y el expresionismo. Abstraida. Evanescente. Todavía tengo dentro la inercia de las cigarras. El desastre manifiesto. El ardor del caos. Ahora empiezo a temblarme hacia el cáñamo. A esconder mi esqueleto. A salir a la superficie del vino tinto. A abandonar el rastro de la escritura. A echarme al abordaje de lo desconocido. A la mar, hacia las islas del sexo, de los caminos y la dinamita, del amor de los tahúres, del teatro sanguíneo de los que vagabundean. Del vértigo de derretirme en su cuerpo. El vértigo de mirar sus ojos y arder de cubismo. El precipicio de mi ermitaña abandonada y expuesta como mezcal al tambor del océano y de la noche. El vértigo de volver a ser humana. De estremecer la locura y el canto. De tratar de que mis pies se mantengan un poco en el suelo. De que mis palabras sean leves, acuosas, vagabundas, enamoradas y absurdas. De que mis demonios sepan jugar a los naipes y a los bares del puerto. De que mi lobo no tenga malas pulgas, sólo pulgas tabernarias y marinas. De que mi timidez y mi extroversión, no me tomen en serio. De que la mar nos cabalgue. De que mis bichos no sepan escribir ni estén ansiosos por quedarse solos. Que abran su corazón y su hoguera. Que salgan del todo afuera. Que canten lo orgiástico. Que gruñan, que giman, que galopen, el fuego del corazón, de la erótica, de la pobreza, de la precariedad existencialista al licor de Diógenes y un mundo capitalista de mierda espantado de la tierra al celo de los tigres.

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