HAY UNA MENTIRA QUE ME HA CONVENCIDO PARA SIEMPRE Y ES QUE ESCRIBIR SIRVE DE ALGO

Ardidos

Al haber escrito el texto anterior. Entendí algunas cosas y llamé a mi vieja. No le hablé de nada importante, sólo al pío pio.  Creo que ella tiene dentro un remordimiento conmigo, por eso quería venir conmigo y estarme, por eso no quería irse. Creo que ella necesita para la paz de su espíritu estarme.  Ella sufre porque no cuento con ella. Ella sabe que me pasa algo, cuando la rechazo, cuando me alejo de ella, cuando no le hablo. Pero no sabe el qué. Ella quiere apoyarme, amarme, protegerme, darme la felicidad, cuidar mi corazón, verme contenta. Pero por alguna razón, cuando yo estoy jodida, no la soporto, ni sé expresarme con ella, me cierro como una granada de mano y quiero que se vaya muy lejos.
Tiene que ver con nuestro pasado.
En mi pasado, mi madre me provocó la desprotección, el daño para mi espíritu, la prisión, una herida para mis alas, para mi fuego interno, para mi alma y mi inteligencia. Durante mucho tiempo la culpé de haberme atrapado en la telaraña de las tumbas y el fango de la familia. La culpé de haberme puesto encrucijadas, chantajes emocionales, la sensación del apocalipsis y el abismo, cuando yo quería irme de ellos y seguir mi camino. La culpé de su hipocondría, de su neurosis, de su drama. La culpé de ahogar las fiestas. De atraparme en el amor del espanto. De sentir que la familia era una maldición que me había caído encima, donde yo sólo podía elegir la guerra y el jamás, o el amor y la muerte. Y sentir febrilmente una antagonia donde hiciera lo que hiciera iba a salir destrozada.


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