HAY UNA MENTIRA QUE ME HA CONVENCIDO PARA SIEMPRE Y ES QUE ESCRIBIR SIRVE DE ALGO

Ardidos

Ayer él empezó a hablarme de que no se puede estar todo el día pedo, de que estoy matándome, de que a dónde si se desayuna cerveza.... con esas pintas con una litrona bajo el brazo. yo le hablé de la bohemia, del vivir como los pájaros, del abrir la mano y no poder tocar nada ni tener nada jamás. Pero me di cuenta de que tenía razón. De que últimamente ando jodida, me fatigo la ostia, toso, no siento al infinito rodearme ni a las estrellas besar el paso. Siento a una hoguera que saca sus zarpas y tambalea todos los suelos. Siento que voy a la deriva, quemando la vida al cruzar. Con el corazón como una bestia cansada y suicida. Después de que me hablara, ya no llevé alcohol a la cena. Y me quedé pensando... en esa luna ausente clavada dentro. En ese grito viudo desmayándose por la vereda. En esas maneras mías que fadan agujeros del cielo. En ese ir, sin saber ni qué hora es, ni recordar si él había venido ayer o hacía una semana. En ser obtusa, arrebatada, rota. En sentir que ando buscando más la muerte que la vida. Y me dio algo de miedo, o de nostalgia, de la urgencia de una madre, de un canto peremne, de un dios, de un motivo, de un barco. Y me quedé muy frágil toda la noche, hablando con él como una niña que sólo quiere verbalizar nubes. Luego fuimos a un pinar y yo casi me quedo dormida, mirando allí arriba las estrellas y los árboles, sintiendo una vibración de luces de san telmo, entre la parca y lo que acaba de nacer.

Ayer fue un día hermoso y también violento. Expresionado. Hablamos muy enamorados y ebrios de vida por la mañana. Muy pronto salimos al monte. Luego fuimos a tomar unas cervezas a la terraza de un bar. Piamos junto a desconocidos. Rezumábamos alegría y ganas y deseo. Uno de los pocos tipos del pueblo con los que me llevo bien, me dijo señalándonos, mareva sabes cómo se llama eso? Yo le dije ¿el desayuno?. Y él dijo, no, se llama vivir. 

Después fuimos por ahí otro rato. Y luego otra vez a un monte más lejano. Y a mí me empezó a dar un temblor extraño. Sentí un magnético deja vu, pero un deja vu, como de otro planeta. Como si Yoseba se convirtiera en otra persona que había conocido hacía miles de años, algo un tanto delirante, como si hubiéramos tomado los dos belladona. A mí eso me puso muy febril. Y nos tumbamos entre las flores. Y nos amamos muy extrañamente como si fuéramos dos completos extraños en un aquelarre de otro mundo. Eso me calmó.Pero aún sentía por dentro a Babilonia quemar las naves.

Creo que éste tipo de experiencias medio delirantes, son también culpa de que abuso del alcohol y de la vida. Esas sensaciones de sentir que la realidad conocida se me arranca a pedazos y que ya no puedo ser humana, me provocan un ardimiento que me deja efectos secundarios.

Luego comimos en mi patio y dormimos la siesta. Y eso me calmó mucho. Soñé que había una carretera y en el fondo una explosión gritó un verso sobre el amor y la muerte. Al despertarnos, nos amamos. Y luego fuimos por ahí. Y todo fue otra vez hermoso, apasionado, etílico, vulcanizado y lleno de vida. 

Hasta que él me habló de mi forma de vivir. Y me preocupé.

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