HAY UNA MENTIRA QUE ME HA CONVENCIDO PARA SIEMPRE Y ES QUE ESCRIBIR SIRVE DE ALGO

Ardidos

El café. Cierto desorden. La montaña allí enfrente y ese sentimiento de apertura y de lejanía. Al final lo que forma la vida, es lo que llega de forma amorfa, incontrolable, lo que pasamos por alto, lo que no elegimos, lo que llega por arrebato, por desdén, por lujuria de nube. Es aquello sobre lo que no pensamos. Lo que nos muerde y embiste. Lo que nos escalofría. Lo que no podemos ordenar, ni agarrar, pero nos penetra el fuego.

El otro día, le decía a él, que no hay que arrepentirse de nada, no pensar en lo que no se hizo, no darle complejo al fracaso, sino barra libre. Creo que el consumo del objeto de deseo, su teoría, la codicia sobre el gozo y la propiedad y ancla sobre la felicidad. Sólo nos hace desgraciados e insatisfechos. Nos hace cargar con un fantasma del tiempo y del espacio. Perder nuestra muchedad. El materialismo sobre el gozo, nos hace infelices. Nos contiene sobre la erección del humo. Nos prejuzga y predispone, al quebranto.

Yo no tengo oficio. No tengo futuro. No tengo un no sé qué, un alguien, un amor, una hoguera, al que destinar mis poemas y mis pasos. Me gano el pan de forma mendiga. Ahí atrás, todo está en barbecho, sin raíces que me canten. Vivo en un lugar que no considero mi hogar ni mi sitio. No sé muy bien de dónde vengo ni adónde voy.  No tengo un amor que me embriague el alba. Voy por ahí con mi perro, entre cloacas y blues. Fumo demasiado. Bebo demasiado. Hiero demasiado el candor. Y sin embargo no me arrepiento de nada. Me hiere a veces aquél amor perdido en la bruma, aquellos amigos que no están, aquellos que quise y murieron, o las que no supe querer bien. Pero no me hiere con culpa. No me hiere con sacramento. Me hiere poéticamente, etílicamente. Yo en el fondo sólo soy viento. 

No me arrepiento ni de los manicomios, ni de los barcos que no tomé, ni de los que tomé aunque me llevaran al infierno. No me arrepiento de su odio, ni de la marginación, ni de mis vicios suicidas, ni de mis errores, ni rencores, ni el beso ni el puñetazo.  Sólo hay que arrepentirse, del arrepentirse. Acá todos estamos sobre el fuego y a la muerte prometidos. Sólo por haber nacido en una sociedad capitalista y enferma, nos debemos las mil y una absoluciones. Vivir sin miedo. Vivir sin rosarios. Vivir sin competir. Sin acumular. Sin estresarnos. Sin contar las horas. Sin cuerdas que nos aten. Sin huchas. Sin planes de pensión para vivir pasando por el aro de los mortuorios y los mataderos. Sin las leyes de los unos sobre los otros. Sin la cultura de la mordaza. Amar al fracaso. Amar a la pobreza y convertirla en un robo con sus mil años de perdón. Quedarse junto a los que perdieron la guerra. Y silbar cigarras y cardos, peces y jabalíes, sin cerrar las piernas, ni la boca, ni una puerta, ni una sepultura.

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