Ardidos

Él me dedicó una vez la canción de Marea, la que se llama marea. Estábamos en Xixón en unos billares. Emborrachándonos. Excitándonos. Tocándonos, jugando. Haciendo cosas clandestinas. Yo me sentí amada y muy feliz esa noche. Él antes me hacía sentir más deseada. Nos amábamos en las barras de esos bares de humo verde, en hostales, en playas, en pasillos, en malecones, en paredes, en coches, en mesas, en arena, hierba, noche y día, en cualquier lugar, siempre apasionadamente como si fuéramos a morir. Él entonces no me decía nunca que no a nada. Él me tomaba con vicio, con pasión. A veces me pongo triste al recordar aquél opio. Porque ahora nos siento a veces, más fríos y escépticos. Porque yo ya no abro tanto mi corazón ni mis piernas. Porque ya no creo tanto en mí a su lado. Porque a veces me hace sentir una desterrada. Y cuando me siento una desterrada, camino contra todas las vidas, junto a mis perros sin dueño y sin mundo. Pero yo quiero volver a quererlo como alguna vez lo quise. Volver a amar la vida, como la amé. Empezar todo ahora mismo.

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