HAY UNA MENTIRA QUE ME HA CONVENCIDO PARA SIEMPRE Y ES QUE ESCRIBIR SIRVE DE ALGO

Ardidos

El otro día sonó una canción punk de amor. Él la estaba cantando, y durante un verso, me miró a los ojos y palmeó las manos, como un duende. Y durante medio segundo me sentí amada, pero luego me acoracé de balas y de olvido. Creo que es esa nostalgia de opio lo que me está matando. El oscuro sentimiento de que yo nunca seré el amor. La sensación de llevar conmigo a Franquestein sangrando. De tirarme hacia abajo como un naufragio de whisky y agarrarme a perros sin dueño, ladrando ciudades destruidas y versos de sangre y de colgados. Un síndrome de heroina y lobas hambrientas y hoguera última. Una desgraciada necesidad de amor que me hace la piromanía, el precipicio, el delirio de la poesía. El amor por alguna razón me llega como un crímen. Lo sueño tanto, lo derramo tanto, y sin embargo cuando me roza, en lugar de estar contenta, me oscurezco, me cierro, me marcho. Me hago la marginación. Él a veces me sonríe, me toca, me canta, me ofrece la luna, y son en esos momentos, donde yo me vuelvo la más triste flor del mundo, la más frágil y asustada. Y en lugar de devolverle su canción, sufro un precipicio de LSD y de noche sin salida. Y le obligo a cerrarse y cuando él se cierra, sufro mucho más intenso el hachazo del opio.

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