HAY UNA MENTIRA QUE ME HA CONVENCIDO PARA SIEMPRE Y ES QUE ESCRIBIR SIRVE DE ALGO

Ardidos

Era vagabunda.
No era tuya. Era de todo el mundo.
Caí entre tus piernas y una luna, soltó extraños barcos, en algo que no estaba en mi mano, pero me ató muy fuerte, sobre la brecha del cielo, bajo el fondo de los poemas.
Y empezaste a sangrar en mis venas. Como un extranjero. Como una canción estrellada en una roca. Como un alienígena en mi pista, todo borracho cambiando de sitio las palabras y mi corazón ambulante. Al tráfico de influencias del LSD. Al chingo de la luz.

Hoy hay que pagar el fruto del deseo.

A remache de navaja y crepúsculo.
A las vueltas que se traga la mala ginebra de los bares.
A la cuchilla del último romántico suicida y andrajoso.

No me bajaste la luna.
La pusiste en la suela de tus zapatos.
Diste patadas al horizonte.
Se emborrachó en mi alma.
No siguió el paso.
No devolvió la esperanza.
Se la llevó anarquista al fuego.

Y hoy entre esos dedos hechos sólo hueso y mezcal, abandono mis pensamientos y mis años.

Yo quería todos los universos a tu lado.
Pero nos llegó muy zurda la granada.
Muy puta la suerte.
Muy fea la sociedad. 
Muy caro el vino.
Muy afiladas las carreteras.
Muy poco segura, la palabra.

Ya no puedo rogarte.
Porque yo no tengo nada.
Ya no puedo llamarte a mi lado.
Porque mi sombra está en Marte.

Te llevo en el fondo de mi vaso, en el roto de mi falda, en la sangre que pierdo por seguir con vida.

Deconstruido a la hoguera de las canciones.
Mezclado en mi delirio como el oxígeno y el hacha.

No supiste salvar mi amor.
No supe dejarlo con vida para ti.

Se cayeron todas las casas.
Hoy sobre la hierba como serpiente te desconozco del mar, te moro del mar. Presa de tu heroína, me mato un poco cada día asumiéndote donde nada se asume.

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